El Norte de Castilla - 980413

Tomás Val

 

RAMÓN BUENAVENTURA
presenta su obra El año que viene en Tánger
«Convertimos la vida en una novela»

El escritor Ramón Buenaventura, nacido en Tánger en 1940, acaba de publicar su última novela, El año que viene en Tánger (Debate), la historia de dos personas que nacieron en un territorio de leyenda y que fueron obligadas a salir de él. En el libro, de más de seiscientas páginas, hay muchas más cosas, pues Buenaventura lo ha escrito con absoluta libertad y saltándose todas las normas al uso.
          Novelista, poeta y profesor universitario, ha publicado varios poemarios —Eres, El abuelo de las hormigas, Teoría de la sorpresa—, la novela Ejemplo de la dueña tornadiza, traducciones de obras de Burgess, Stevens, Rimbaud y Havelock y un buen número de ensayos sobre teoría literaria.

— ¿Hay alguna razón que le haya llevado a escribir El año que viene en Tánger?
— No, para escribir esta novela en concreto no he tenido ninguna razón. Llevo escribiendo desde los siete años y esta novela me ha salido sola, aunque la génesis de un libro es algo mucho más complicado.
— El protagonista se llama León Aulaga, pero Ramón Buenaventura ocupa también un papel importante en la novela. ¿Se inventa cuando escribe de sí mismo?
— Es un yo literario. Uno tiene una imagen de uno mismo que tampoco corresponde a la realidad, si es que existe. Creo que el yo se levanta cada mañana diferente y que cada día se rehace. En todo caso, si existe un yo real, no puedes percibirlo. Me he descrito como un personaje del libro, sin ningún respeto a la verdad

Inventar al escribir

— Su personaje repite varias veces «todo mi pasado es mentira y además no lo recuerdo». ¿Es una de las funciones de la literatura reinventar ese pasado por mano del escritor?
— Creo que el origen del pensamiento estuvo en el contar historias. No hacemos otra cosa más que eso, no otra cosa es el lenguaje. Las palabras ponen gramática y lógica en la realidad, que no tiene ninguna de ambas cosas. Es inevitable inventar al escribir y al cabo de los años te das cuenta de que te has inventado una novela con tu vida y que, si intentas deshacer ese invento, no te acuerdas de la realidad.
— ¿Es en la juventud cuando empezamos a inventar esa novela, cuando su protagonista abandona su Tánger natal?
— De la primera juventud sales siempre. Cuando se cierra el periodo de recepción de datos, das por cerrada la personalidad, sales de algo y te conviertes en otra cosa.

Verdad en la leyenda

— Muchos escritores crean un universo literario, como Comata, Piura, Macondo, Región, Lot... Su Tánger ¿es un intento de dejar algo inalterado, un lugar al que siempre volver?
— La pequeña diferencia es que Tánger no existe, pero sí existió. León Aulaga nace en Tánger, que es una leyenda, y a los dieciocho años se acaba esa leyenda y nos dicen que hay que volver a casa, a una España o una Francia en las que nunca habíamos estado. Esto marca más que un abandono normal de la adolescencia, pues te pasas el resto de la vida preguntándote si hubo algo de verdad en esa leyenda.
— ¿Tiene algo que ver su Tánger con el de Paul Bowles?
— No, porque Bowles lo utiliza como un contexto exótico, y para mí no tiene nada de eso. Legendario sí, pero no exótico, para nada. Bowles hace como todos los anglosajones, mira a su alrededor, pero no se incorpora a la realidad que le circunda, tiende a crearse su propio mundo.
El año que viene en Tánger va a reavivar el viejo debate de los géneros literarios. En ella hay poesía, ensayo, epístola, novela...
— No admito los géneros. La literatura es literatura y uno escribe utilizando las herramientas que quiere. Siempre me ha gustado la literatura de la Edad Media tardía, en la que perviven elementos medievales y que es completamente libre, cuyo ejemplo máximo es El Quijote, un libro absolutamente libre. [[[Los recortes a la respuesta me hacen decir que El Quijote se escribió en la edad medía tardía. Yo hablaba, en realidad, de la pervivencia de elementos medievales en la literatura española de los siglos dorados.]]]
— ¿Se echa en falta esa libertad en los escritores actuales?
— Creo que nos estamos adaptando mucho más de lo necesario a un lector teórico que a lo mejor no existe. Tal vez el lector no sea tan incompetente como suponemos que es y tengamos que esperar más de él.
— ¿Habla de pagar un precio, la entrada al museo?
— Sí, que haga un esfuerzo, que no tenga todo masticado.
— Venden más quienes no exigen ese esfuerzo.
— Falseamos la experiencia. Al consumidor no le damos más que un tipo de literatura. No podemos saber si aceptaría otros. Yo tengo la impresión de que la gente no es tan tonta como creemos y que el artista está en la obligación de forzar al receptor de su obra.

Confidente de mujeres

— ¿Es cierto, como cuenta en la novela, que las mujeres le eligen como confidente?
— Es absolutamente cierto y no sabría explicar por qué. Soy un imán de confidencias. Supongo que tengo pinta de confesor. Vaya adonde vaya, a los pocos minutos tengo una señora al lado contándome su vida. No se trata de nada erótico. Algunas me han dicho que escucho muy bien.
— No vale la pena escribir un libro si no añade algo nuevo. ¿Qué aporta El año que viene en Tánger?
— Estoy de acuerdo. Recibimos una tradición y estamos en la obligación de estudiarla, elaborarla en nuestro interior y devolverla mejorada. Me dejan muy frío esas obras en que el artista transmite la tradición sin más. He intentado aportar libertad, tratando de romper con el exceso de ataduras y normas que hemos estado echando encima de la literatura y de la comunicación.