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RAMÓN BUENAVENTURA
presenta su obra El año que viene en Tánger
«Convertimos la vida en una novela»
El escritor Ramón Buenaventura,
nacido en Tánger en 1940, acaba de publicar su última novela, El año que
viene en Tánger (Debate), la historia de dos personas que nacieron en un
territorio de leyenda y que fueron obligadas a salir de él. En el libro, de
más de seiscientas páginas, hay muchas más cosas, pues Buenaventura lo ha
escrito con absoluta libertad y saltándose todas las normas al uso.
Novelista, poeta y profesor
universitario, ha publicado varios poemarios —Eres, El abuelo de
las hormigas, Teoría de la sorpresa—, la novela Ejemplo de la dueña
tornadiza, traducciones de obras de Burgess, Stevens, Rimbaud y Havelock
y un buen número de ensayos sobre teoría literaria.
— ¿Hay alguna razón que le
haya llevado a escribir El año que viene en Tánger?
— No, para escribir
esta novela en concreto no he tenido ninguna razón. Llevo escribiendo desde
los siete años y esta novela me ha salido sola, aunque la génesis de un libro
es algo mucho más complicado.
— El protagonista se llama León Aulaga, pero Ramón Buenaventura ocupa
también un papel importante en la novela. ¿Se inventa cuando escribe de sí
mismo?
— Es un yo literario. Uno tiene una imagen de uno mismo que tampoco
corresponde a la realidad, si es que existe. Creo que el yo se levanta cada
mañana diferente y que cada día se rehace. En todo caso, si existe un yo
real, no puedes percibirlo. Me he descrito como un personaje del libro, sin
ningún respeto a la verdad
Inventar al escribir
— Su personaje repite
varias veces «todo mi pasado es mentira y además no lo recuerdo». ¿Es una de
las funciones de la literatura reinventar ese pasado por mano del escritor?
— Creo que el origen del
pensamiento estuvo en el contar historias. No hacemos otra cosa más que eso,
no otra cosa es el lenguaje. Las palabras ponen gramática y lógica en la
realidad, que no tiene ninguna de ambas cosas. Es inevitable inventar al
escribir y al cabo de los años te das cuenta de que te has inventado una
novela con tu vida y que, si intentas deshacer ese invento, no te acuerdas de
la realidad.
— ¿Es en la juventud cuando empezamos a inventar esa novela, cuando su
protagonista abandona su Tánger natal?
— De la primera juventud sales siempre. Cuando se cierra el periodo de
recepción de datos, das por cerrada la personalidad, sales de algo y te
conviertes en otra cosa.
Verdad en la leyenda
— Muchos escritores
crean un universo literario, como Comata, Piura, Macondo, Región, Lot... Su
Tánger ¿es un intento de dejar algo inalterado, un lugar al que siempre
volver?
— La pequeña diferencia es
que Tánger no existe, pero sí existió. León Aulaga nace en Tánger, que es una
leyenda, y a los dieciocho años se acaba esa leyenda y nos dicen que hay que
volver a casa, a una España o una Francia en las que nunca habíamos estado.
Esto marca más que un abandono normal de la adolescencia, pues te pasas el
resto de la vida preguntándote si hubo algo de verdad en esa leyenda.
— ¿Tiene algo que ver su Tánger con el de Paul Bowles?
— No, porque Bowles lo utiliza como un contexto exótico, y para mí no
tiene nada de eso. Legendario sí, pero no exótico, para nada. Bowles hace
como todos los anglosajones, mira a su alrededor, pero no se incorpora a la
realidad que le circunda, tiende a crearse su propio mundo.
— El año que viene en Tánger va a reavivar el viejo debate de los
géneros literarios. En ella hay poesía, ensayo, epístola, novela...
— No admito los géneros. La literatura es literatura y uno escribe
utilizando las herramientas que quiere. Siempre me ha gustado la literatura
de la Edad Media tardía, en la que perviven elementos medievales y que es
completamente libre, cuyo ejemplo máximo es El Quijote, un libro
absolutamente libre. [[[Los recortes a la respuesta me hacen decir que El
Quijote se escribió en la edad medía tardía. Yo hablaba, en realidad, de
la pervivencia de elementos medievales en la literatura española de los
siglos dorados.]]]
— ¿Se echa en falta esa libertad en los escritores actuales?
— Creo que nos estamos adaptando mucho más de lo necesario a un lector
teórico que a lo mejor no existe. Tal vez el lector no sea tan incompetente
como suponemos que es y tengamos que esperar más de él.
— ¿Habla de pagar un precio, la entrada al museo?
— Sí, que haga un esfuerzo, que no tenga todo masticado.
— Venden más quienes no exigen ese esfuerzo.
— Falseamos la experiencia. Al consumidor no le damos más que un tipo de
literatura. No podemos saber si aceptaría otros. Yo tengo la impresión de que
la gente no es tan tonta como creemos y que el artista está en la obligación
de forzar al receptor de su obra.
Confidente de mujeres
— ¿Es cierto, como
cuenta en la novela, que las mujeres le eligen como confidente?
— Es absolutamente cierto
y no sabría explicar por qué. Soy un imán de confidencias. Supongo que tengo
pinta de confesor. Vaya adonde vaya, a los pocos minutos tengo una señora al
lado contándome su vida. No se trata de nada erótico. Algunas me han dicho
que escucho muy bien.
— No vale la pena escribir un libro si no añade algo nuevo. ¿Qué aporta El
año que viene en Tánger?
— Estoy de acuerdo. Recibimos una tradición y estamos en la obligación de
estudiarla, elaborarla en nuestro interior y devolverla mejorada. Me dejan
muy frío esas obras en que el artista transmite la tradición sin más. He
intentado aportar libertad, tratando de romper con el exceso de ataduras y
normas que hemos estado echando encima de la literatura y de la comunicación.
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