Gazetilla de la U.B.Ex.
Boletín Bibliográfico Oeste Gallardo Número 21, II Época -
980430.

Juana Vázquez Marín

 

RAMÓN BUENAVENTURA

«Yo no pienso mientras estoy escribiendo. Sólo siento, sólo transmito lo que quizá tenga dentro, o lo que tiene dentro la tribu a la que pertenezco».

Ramón Buenaventura no es un escritor emparejado ni un hombre del montón. Podrá gustarnos o no su forma de ir por el mundo, pero es Ramón, como lo fue su homónimo Ramón Gómez de la Serna. A Ramón Buenaventura le gusta desbordar en carnes, palabras, imaginación... y ahora se ha desbordado como esos grandes ríos antes de ir a la mar, que aquí no es, como en los versos de Jorge Manrique, «el morir», sino el «vivir», en una novela océano que es El año que viene en Tánger, con cerca de setecientas páginas. Y lo extraño de esta novela descomunal es que se cuela, por encima de convenciones genéricas, la magia de la literatura, la cual crea un territorio novelesco propio, a pesar de los diferentes códigos que, en El año que viene en Tánger, se dan, de la mezcla de materiales, de la cantidad de páginas, de la sencillez del eje temático, una historia de amor, aunque con mucho sexo y seso...

Entrevista
El año que viene en Tánger
Buenaventura crea nuevos códigos
en una historia de amor y sexo.

— Ramón, ¿eres consciente del reciclado de todas las técnicas narrativas, vanguardismos, caligramas, quijotismo estructural, greguerías, misceláneas al uso de la Edad Media, San Juan de la Cruz con sus comentarios a pie de página, filosofía, Ars Amandi… con el que has construido El año que viene en Tánger?
— Pues sí, ya que en algún momento, escribiendo, me he sentido en conexión directa con la Edad Media y, principalmente, con la libertad total de escritura que entonces se practicaba. Estoy pensando en Rabelais, por ejemplo, o en Juan Ruiz, con su carnalidad gozosa y aceptada. O también en algunos escritores españoles del Siglo de Oro, que son medievales tardíos, porque por ellos ha pasado el Renacimiento de una muy especial y muy limitada. Estoy pensando, con todas las humildades puestas, en la libertad descarada de Cervantes.
— ¿Existe ese Tánger mítico que sirve de escenario a la novela y luego se deshace con la niebla de los años?
— Tánger es el territorio en que se desarrolla parte de la acción: en este sentido, un escenario obligado. León Aulaga y yo vivimos en la Ciudad Internacional hasta los dieciocho años., y allí nos pasaron cosas que estarán para siempre en nuestras personalidades. Porque quizá sea cierto, como dice León en alguna parte del libro, que todo lo importante nos sucede antes de los diecisiete años. Pero, en realidad, lo fundamental del relato sucede fuera de Tánger. Tampoco nos engañemos, ni engañemos al lector: esta novela no es un libro sobre Tánger. Ni un canto blandengue a la juventud perdida. Odio los cantos blandengues, me repatea la nostalgia. Tánger no está. Eso es todo. En 1996 volví a verla, tras veinticuatro años de separación. Todo sigue igual, pero sin nosotros dentro, y cayéndose en ruinas. O con los rótulos cambiados. Bueno. Yo no vivo allí. León Aulaga tampoco. Ese territorio fue totalmente nuestro y ahora nos es totalmente ajeno. Lagrimita y a casa. Una lagrimita sí que resulta inevitable. Aunque h e procurado que no mojara el libro.
— Y ¿cómo demonios después de un código tan nuevo la novela atrae como un imán?
— Para contestar a esta pregunta en tus términos tendría yo que admitir que un código nuevo, por definición, no atrae. Y no lo admito. Un código literario nuevo tiene que ir facilitando al lector las claves de su desciframiento. Si el autor lo consigue, un éxito. Si no lo consigue, un fracaso. Ejemplo de éxito: el Quijote, el libro más original y más nuevo jamás escrito, donde la comunicación de claves es tan perfecta, que el lector ni se percata del cursillo de revolución literaria a que lo están sometiendo. Ejemplo de fracaso: el Finnegans Wake, de James Joyce, donde el autor logra la perfecta ininteligibilidad a fuerza de enmarañar las claves y de dejar que el capricho se le encabrite en cada párrafo. Como el propio Joyce llegó a decir, para entender Finnegans el lector tendría que consagrar su vida entera a tal propósito. Y eso es una estupidez, por muy campanuda que pusiera Joyce la voz al expresarla. Luego, suponiendo que consigas la comunicación con el lector, el «imán» viene con lo que uno ha puesto dentro, no con los códigos. Como toda la vida lleva sucediendo. Si de veras esta novela llega a imantar al lector, que ojalá, inshá-Al-láh, no será por el modo en que está escrita, sino por lo que en ella se cuenta y se piensa y se siente y se ama y se etcétera. Lo que sí puedo garantizarte es que yo he vivido casi seis años imantado por El año que viene en Tánger.
— ¿Por qué más sexo que amor?
— Te diría que cada vez distingo peor entre el sexo y el amor. Quitados algunos desahogos brutales muy parecidos a la masturbación, el sexo con otra persona siempre tiene, por lo menos, algo de enamoramiento fulminante, aunque sólo dure unas horas o unos días. Y, además, creo que todo deseo de acercarse a un ser humano y mantenerse cerca de él, incluso sin proyecto de convivencia, es amor. La amistad es amor. Por eso tengo tan pocos amigos del género masculino, porque con ellos no existe, para mí, ni siquiera la posibilidad de hacer el sexo juntos. No deja de producirme cierta envidia, mezclada de espanto, la persona bisexual. Espanto, porque en el periodo de alto de la sexualidad, que dura muchísimos años, debe de resultar insoportable estar recibiendo la tentación de todo el mundo, hombres y mujeres. El caso es que yo nunca me he visto sometido a esa tentación, porque soy de una heterosexualidad impecable. Conste que lo digo sin orgullo alguno, y desde luego sin presumir de macho (presunción estúpida entre todas las presunciones estúpidas). Sencillamente: no ha habido jamás un hombre que me haya soliviantado la libido. No tengo ese impulso, por otra parte tan normal y tan corriente. El año que viene en Tánger es un libro transido de sexo, sin duda alguna, pero tampoco es una meditación sobre el sexo, ni mucho menos una propuesta de libertinaje, ni menos aún una invitación a sustituir el sexo por el amor. Esta novela cree en el amor, y no me importa nada que quede un tanto cursi decirlo. Y quizá, para demostrarlo, en la última escena, cuando todo el sentido de la obra cambia, ante la «sorpresa» final, quienes están con León Aulaga son dos parejas cuyos componentes llevan más de veinte años juntos y se aman con una estabilidad y una hondura innegables. Y con sexo.
— Si Kimberley no es la Kimberley que creía Aulaga, ¿Aulaga va a ser quien cree Ramón que es...? En este juego de identidades puede ser otro... o ¿no?
— No tengo nada que decir sobre quién es León Aulaga. La verdad, a no ser que me ponga a describir al personaje, lo cual aburriría a las cabras. Y no me vas a llevar por ningún camino ni sendero con el fin de aclarar personajes o situaciones que como todo en literatura son realidades literarias, que no quiere decir que no sean realidades, ¡cuidado!
— En El año que viene en Tánger, se nota más al Ramón amoroso, tierno, sentimental, pasional, que al crítico: ¿de qué se habla, que me opongo? Es decir, en esta novela apenas se identifica al Ramón provocador, al que busca el lado del ángulo de la palabra.
— Ese Ramón que tú has tenido repetidas ocasiones de tratar es el de la vida cotidiana, con la familia y los amigos, el que siempre está de broma y jamás dice nada completamente en serio, aunque a veces confunda con su rotundidad. El otro aparece con menos frecuencia en el trato diario, porque es muy frágil y ni se le pasa por la cabeza defenderse con ningún blindaje. En un libro, en cambio, se encuentra muy a gusto, porque nadie se le va a lanzar al cuello, porque no hay cara a cara. Está protegido por la letra impresa, que es una buena cota de malla, casi como la del Guerrero del Antifaz. Pero, bueno, lo que sí hay en el libro es una constante mía, casi invariable, sea cual sea la personalidad que lleve puesta: las ganas de divertirme, de que nos divirtamos todos.
— Ramón, ¿cantidad o calidad en tu novela...?, ¿o las dos cosas?, pues más de 600 páginas dan para mucho.
— Mujer, pues las dos cosas, ya que tú misma me lo apuntas. De todas manera, no creo que la cantidad tenga nada que ver con la calidad, ni como condicionante ni como factor de mejora. Como todo el mundo sabe, hay obras maestras de muy pocas páginas (La metamorfosis de Kafka, El teniente Bravo de Juan Marsé, uno de los mejores relatos breves que se han escrito nunca, Pedro Páramo, montones de ellas), y pestiños de larguísima duración. No te voy a mencionar ninguno, qué más da. Al cabo de los años, he llegado a la feliz conclusión de que lo malo, lo que uno cree malo, no debe nombrarse nunca, no sea que a alguna ingenua criaturita se le ocurra probarlo. En fin, a lo que íbamos: El año que viene en Tánger no es mejor ni peor por tener tantas páginas. Es más larga. Tengo la novela más larga. Fíjate qué macho… Bah, en serio: yo habría seguido escribiéndolo para siempre, pero es un libro, y los libros llevan una cantidad limitada de páginas, entre cubierta y contracubierta. Hay que terminarlos. Pero se me han quedado muchísimas cosas sin contar, y me da mucha pena, porque ya no constarán por escrito. No debería haber quitado las ciento y pico páginas que quité, movido por la caridad hacia el lector. Y al final surge el encuentro entre la realidad artística y la común.
— Un buen final. Todo es en el hombre, que dirían nuestros escritores clásicos, apariencia y nada más que apariencia, tema que subyace en la literatura con mayúsculas, y que tú, Ramón, por la etimología de la palabra ‘aparecer’, puedes aclararme y aclarar a tus «fans», que seguro que las tendrás.
— Me encanta el lapsus que acabas de tener. Has dicho «seguro de las tendrás», refiriéndote a mis eventuales fans. Qué horror de palabra, por cierto. Es fea hasta en inglés. Abanicadores, vendría a significar. [Aunque, en realidad, ‘fan’ es una abreviatura de ‘fanatic’, ‘fanático’.] Estarían bien, en verano. Bueno. Yo qué sé. Yo soy, más que nada, poeta, y los poetas llevamos más de dos mil quinientos años en guerra con la filosofía, desde que Platón nos quitó la tierra de debajo de los pies. O sea: afirmaciones del tipo de «todo en el hombre es apariencia» me resultan ajenas y muy desagradables. Para un escritor no hay apariencias. Cierto, tienes razón, es verdad que el final del libro podría interpretarse así. Pero yo no lo interpreto de ninguna manera. Yo no pienso mientras estoy escribiendo. Sólo siento, sólo transmito lo que quizá tenga dentro, o lo que tiene dentro la tribu a que pertenezco. No voy a decir que no soy intelectual, porque, a diferencia de otros colegas, me encanta ser intelectual, y creo que el hombre, en su evolución cada vez más apartada de la naturaleza, debe seguir precisamente la evolución del intelecto. Bueno, claro, espera: no de un intelecto frío y objetivo, que es lo que suele entenderse por tal, sino de un intelecto horneado en la sensación y la pasión. Me he perdido. Ah, sí: no voy a decir que no soy un intelectual, pero escribiendo prefiero una mezcla de intuición y oficio. En otras palabras: nunca se me ha pasado por la cabeza el propósito de escribir un final que signifique tal o cual cosa. ¿Todo en el hombre es apariencia, dices tú? Pues vale. Yo creo que no, que todo en el hombre es rigurosamente cierto, lo que pasa es que hay certidumbres que se cancelan entre sí, y de ahí resulta la mentira. Y de ahí resulta, también, que la mentira siempre pueda trocarse en verdad, si desaparece la certidumbre que la niega. Complicado, ¿no?
— Ramón, ¿en un futuro, cuando se hagan las calificaciones de escritores, pertenecerás a una monogeneración como el otro Ramón, Ramón Gómez de la Serna?
— La palabra me da repelús, porque me suena a partenogénesis, fenómeno que en el ámbito humano siempre ha suscitado mi más espinoso escepticismo. No sé. No tengo ni idea de cómo van a ficharnos los comisarios literarios del futuro. A lo mejor ni nos fichan… Pero, sin entrar en mayores profundidades, sí te puedo decir que el concepto de generación o grupo suele ser ajeno al escritor, cosa de estudiosos o de críticos. Yo, desde luego, no me veo formando escuadrón con nadie. Pero es que tampoco veo a mis contemporáneos cogiditos de la mano y cantando himnos. Hoy en día, los escritores recibimos la tradición literaria de muchas fuentes distintas, por un sistema de afinidades electivas. Un escritor español puede tener mucho más parentesco con Faulkner, pongamos por caso, que con Clarín. Y haber recibido legados mucho más pingües del cine que de los libros. O sea: lo actual es la dispersión; cada cual aprende lo que le apetece, dentro de lo que conoce, y ejercita su profesión según distintos magisterios. Lo que a lo mejor viene a querer decir que somos una pandilla de monogeneraciones incontroladas.

Ramón, como siempre, entre el humor y el escepticismo, aguanta preguntas de todo tipo, porque después, en su retiro, un chalecito de Pozuelo, se venga de todos, navegando no sólo por Internet, sino por los «mares procelosos» de la imaginación y la «metáfora», es decir trasladando olores, sabores, formas, sonidos, líneas, ideas, conceptos, valores... desde su territorio natural hacia los opuestos, para crear realidades «ramonianas», y es que Ramón es uno de los tipos a los que siempre precederá el prefijo mono... El lexema posterior puede ser pluriforme y variopinto.

[[[Otra entrevista de Juana Vázquez se publicó en Diario de Córdoba más o menos en las mismas fechas. No puedo incluirla porque no tengo copia de ella.]]]