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Pasados los cincuenta, RAMÓN BUENAVENTURA
ve publicada su obra más completa.
El año que viene en Tánger es una generosa novela
repleta de humor y de amor, poesía y prosa,
ficción y realidad.
En el ordenador de su casa recibe
a diario docenas de e-mails en los que los aficionados a Internet le saludan,
opinan o simplemente consultan sobre sus semanales cuadernos de cibernauta.
Quién lo diría en un hombre de letras. Porque Ramón Buenaventura es, además
de novelista, poeta, editor, traductor, profesor y amante de la etimología,
entre otros oficios que llenan su currículo.
En El año que viene en
Tánger repasa el inventario vital y sentimental de un supuesto amigo de
la infancia, León Aulaga. Un personaje con el que recorre 600 páginas
mezclando poesía y prosa, ficción y realidad, amor y deseo, en una suerte de
confesión nocturna y cibernética muy a tono con el fin de siglo.
P. ¿Aulaga es su alter ego?
R. León no es ni siquiera
una manifestación de lo que yo habría podido ser en otras circunstancias. Es
un personaje con vida propia, con tendencias, actitudes y desde luego
principios. Y la verdad es que este conjunto de caracteres coincide muy
escasamente con los míos.
P. La duda planea en todo el libro: ¿existe realmente León Aulaga?
R. Supongo que alguien que ha escrito poemas como los de León Aulaga
tiene que existir.
P. Usted es poeta y, sin embargo, acaba de publicar una gran novela. ¿Cómo
se le ocurrió?
R. En realidad, no es más que un intento de colar un libro de poemas en
una novela. Ya estaba harto de publicar poesía como tal, así que, un día, a
este libro de poesía le fue surgiendo una novela al rededor. Aunque al final
el libro que yo hubiera querido no está ahí.
P. ¿El número de páginas es proporcional a su apuesta por la novela?
R. No tiene nada que ver. La extensión del libro es la necesaria para
introducir todos los elementos. Por otra parte, yo siempre he creído en los
libros gordos, siempre he tenido la ilusión de escribir uno.
P. ¿Un escritor ha de pensar que lo último es lo mejor?
R. Supongo que no. Yo unas veces pienso que he escrito algo maravilloso y
otras una porquería impresentable. Pero nunca tengo la noción de haber hecho
la obra de mi vida.
P. Usted es un apasionado etimologista. ¿En el origen del lenguaje está el
origen del hombre?
R. La invención del hombre procede de la invención del lenguaje y, desde
luego, en las raíces de éste se encuentran las del hombre. Yo creo que la
etimología es la ciencia más apasionante que existe. Si uno conociera todas
las palabras, conocería todas las ciencias.
P. También le apasiona Internet. El día de mañana, el que no esté
conectado a la Red ¿será un ignorante?
R. No sé, pero será alguien con menos información que sus competidores.
P. Hablando de competir: cuando uno escribe ¿con quién compite?
R. Suena muy tópico, pero creo que contra uno mismo. O con la tradición,
en un sentido muy limitado, es decir que uno recibe una tradición literaria e
intenta no devolverla exactamente igual a como la ha recibido. Desde luego,
nadie compite con sus contemporáneos, porque ellos reciben exactamente la
misma tradición que tú. En realidad, todos somos compinches.
P. ¿Qué le queda de Tánger?
R. Procuro que poca cosa, pero como fracaso en el intento, pues me queda
todo: la infancia y la adolescencia. Y que soy tangerino.
P. Los personajes del libro, en la adolescencia, comulgan con la estética
de los rebeldes sin causa. ¿Cuál ha sido su causa?
R. Siempre muy egoísta, por lo menos en su planteamiento. Y es la de
procurar morirme mejor de lo que nací. El ser humano es un ser que se inventa
a sí mismo. Y mi causa siempre ha sido esa, tratar de aproximarme a mi patrón
de ser humano. Y si de paso puedo ayudar a otros a aproximarse a su patrón,
maravilloso.
P. Eso suena como una de las frases más significativas de su novela. «Toda
mi vida es mentira y además no la recuerdo…»
R. Creo que unas veces uno habla de sí mismo con cariño, y otras con
crueldad; nadie es más cruel que nosotros mismos. Y ésta es una frase
tremendamente cruel que todos podríamos aplicarnos. Toda nuestra vida podría
verse como el resultado de una composición de recuerdos falsos que hemos
obtenido artificialmente y además, como todo es falso, encima no recordamos
la verdad. Pero eso sucede cuando aplicamos la crueldad; pero, si no la
aplicamos, la vida es maravillosa.
P. ¿Un escritor debe sentir todo menos pudor?
R. La falta de pudor es un deber cívico, uno de los pocos deberes que
puede aceptar un escritor.
P. ¿La poesía agoniza?
R. En el sentido etimológico, sí: lucha por sobrevivir.
P. ¿Por qué?
R. Porque la poesía busca ocupar la memoria. Es un sistema para recordar
las normas. Pero esta utilización se hace innecesaria cuando se inventa la
escritura.
[[[Nota de RB. Comprenderá el
lector que la respuesta a la última pregunta está gravemente mutilada. Dése
por no incluida.]]]
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