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Ramón
Buenaventura
Escritor, ha publicado una de las novelas del año, El año que viene
en Tánger
«Comunicarse en Internet ayuda
mucho al arte de escribir; la red es una bendición para la literatura»
La página web de Ramón
Buenaventura en Internet, en la que se embalsa un torrente de críticas
elogiosas y de entrevistas exhaustivas publicadas en pocos meses, es la
prueba concluyente del espectacular triunfa de El año que viene en Tánger
(Debate), novela total con la que este explorador de la palabra ha cautivado
a la crítica y hechizado al público. Nacido en Tánger en 1940, Buenaventura
es licenciado en Derecho, coordinador editorial, poeta, traductor, guionista
de programas culturales, articulista.
— ¿Esperaba tanto éxito?
— En absoluto. Esperaba
cierta repercusión, pero siempre creí que sería una obra minoritaria.
— ¿Tanto elogio le preocupa?
— Lo tomo con tranquilidad. Hace diez años me habría engreído, quizá,
pero me pilla muy mayor. A la crítica le ha venido bien el libro, por alguna
razón misteriosa, y creo que ha decidido usarlo como arma contra alguien. Me
doy cuenta de ello. Agradezco los elogios, pero no debes nunca creértelos, es
una regla de oro de todo escritor. Sólo debes prestar atención a las críticas
negativas, porque en ellas casi siempre hay algo de lo que se puede aprender.
Hasta ahora, y eso es sospechoso, nadie me ha dicho «qué horror».
— ¿Tuvo que cortar mucho?
— Sí, porque la novela no iba a ser tal, sino una gran enciclopedia sobre
el protagonista en un CD-Rom, con todos los datos en bruto para el lector
pudiera meterse a investigar por su cuenta. Era imposible, así que recurrí a
lo sensato.
comunicar sentimientos
— ¿Para qué sirve un
poeta?
— Han dicho que un jugador de Bolsa es más útil al Estado que un poeta. [[[Por
vicios de la comunicación Telefónica, Tino no cogió bien la referencia: «Un
buen jugador de bolos es más útil al Estado que un poeta». La simpática frase
es del enciclopedista D’Alembert.]]] Ahora se podría decir lo mismo de un
futbolista. ¿Para qué diablos va a servir un poeta? Sólo para comunicar sus
sensaciones, y si alguien las recibe y experimenta, ya ha cumplido su
cometido.
— ¿Le gusta llevar a la práctica la teoría de la sorpresa?
— Para un escritor [la sorpresa] es como la liebre que siguen los galgos,
no hay que renunciar a ella, sino provocarla y desearla. En cuanto dejamos de
hacerlo, nos anquilosamos y perdemos la creatividad, y no sólo en el campo
literario. Es fundamental ser creativo en la vida.
— ¿Compadece al traductor de su novela a otros idiomas?
— He pedido revisar las traducciones al francés, inglés y alemán. Una
editorial griega quiere publicarla, pero ahí no puedo hacer nada, y
compadezco muchísimo al que la traduzca, va a pasarlo muy mal. Todo libro que
juega con un idioma escarbando dentro y desafiándolo es difícil de trasladar
a otro.
— ¿Por qué aburren los programas de libros en televisión?
— La televisión es un medio hostil al libro, tiene un tono que no
permiten que se inserten programas culturales. Su vocación multitudinaria impide
que en ella prosperen los espacios que no lo son, salvo que se acerquen a las
revistas del corazón. El único sitio donde un programa así [de libros] ha
prosperado es en Francia, con Pivot, pero es un país con una carga
literaria extraordinaria. Francia y Portugal son los dos únicos países donde
quedan lectores literarios en cantidad suficiente.
— ¿Cómo vive en Internet?
— La vida en Internet es virtual, que no virtuosa. Se establece una red
de conexiones con gente del mundo entero y mantienes relaciones muy llenas de
contenido e intensas, simpáticas y compensatorias desde varios puntos de
vista. Es una comunicación que ayuda mucho al acto de escribir: la haces sin
gesto, no te puedes ayudar de una risa o una sonrisa para comunicar que
hablas de broma, así que afinas la escritura. De momento, Internet es una
bendición para la literatura, en contra de lo que se había anticipado. Las
librerías virtuales son las segundas en la lista de principales negocios de
Internet.
— ¿Le gusta mentir?
— El escritor que diga que no miente está mintiendo. Inventamos historias
constantemente. Los grandes narradores orales de este país, Torrente,
Benet, Hortelano, mienten más que hablan. Todo lo que contaban era
mentira, o una elaboración de la verdad. Pero pasabas noches enteras
oyéndolos.
— ¿Usted se desnudaría como Lucía Etxeberria para una revista?
— Tengo demasiado sentido de la estética para hacer eso. [[[No quiero
decir que el desnudo en general sea antiestético, claro: me refiero
concretamente al mío.]]] Pero las fotos de Lucía me parecen bien. Estamos
todos tan comercializados y con tanta necesidad de comercialización, porque
si no nuestra voz no suena, que me parece legítimo cualquier medio.
belleza sin límites
— ¿Existe la
perfección?
— No existe en ningún
campo. Una de las grandezas humanas es que no hay límite ni para lo bueno ni
para lo malo. ¿Qué límite tiene la belleza? ¿Hay algo que sea lo más bello en
su campo? Por fortuna, siempre hay que buscar el «más que». Y lo vamos
consiguiendo, hemos profundizado y perfilado la tradición y lo que producimos
va siendo mejor que lo anterior.
— No siempre. Cervantes es…
— Insuperable. Ese cabrón era un genio y no hay manera de hincarle el
diente. El Quijote es un libro absolutamente extraordinario, tiene una
escritura pasmosa, una gracia extraordinaria y una originalidad que ninguno
alcanzaremos nunca. Es un patrón, debería estar en el museo de pesas y
medidas,
— ¿El sexo sin seso le atrae?
— No, pero estoy sentado en un despacho que no me provoca nada. Todos
tenemos momentos en que somos capaces de todo. El sexo sin seso nos puede
atraer en algún momento, como nos atraen otras cosas que no nos atraen en
condiciones de serenidad.
— ¿E-mail o correo electrónico?
— Digo «emilio». No pasa nada por inventar palabras. Si es necesario, se
crean y, si tienen éxito, sobreviven. El idioma nunca enferma, puedes hacer
lo que quieras, y él aceptará lo que le venga bien.
— ¿Le asusta conocer lectores?
— Es una experiencia extraordinaria. Pero el que se ha acercado ha sido
para decirme cosas agradables; si hubiera sido para decirme que soy un
imbécil y que mi libro es un bodrio…
— ¿Cada escritor tiene el lector que se merece?
— Cada cual tiene las relaciones humanas que se merece.
— ¿Algún día habrá presentaciones de libros en Internet?
— Los cambios van a ser de tal calibre que cualquier predicción está
condenada al fracaso. Ayer leí que una compañía ofrece, por 60.000 pesetas,
«publicar» tu libro. El libro no se publica en realidad, sino que entra en la
memoria del ordenador; si alguien quiere comprarlo, se encuaderna en cinco
minutos y se lo mandan. Algo así puede cambiar radicalmente el campo
literario. No hay riesgo para nadie y se editan los ejemplares necesarios.
[[[Para mejor comprensión de lo que estoy diciendo en este punto, véase
www.xlibris.com]]]
— ¿Qué le parece el cibersexo?
— Me parece bien el sexo
en todas sus manifestaciones. Es divertido. Tiene algo muy interesante: se
practica con las palabras, y eso es muy literario.
Un esfuerzo terrible
— Reclama lectores
machos.
— Lo decía Cortázar,
machos en el sentido de tener capacidad de penetración en el texto. Me puedo
adherir en un sentido a esa expresión, y es que el lector debe ofrecer una
participación activa. Hay dos fases: la de escritura y la de lectura. Al
terminar alguien de leer un libro se concluye una versión de ese libro. Antes
no.
— ¿Escribió algunas páginas con una sola mano?
— Yo escribo con los diez dedos, soy un teclista bastante bueno, porque
mi padre me obligó a aprender a escribir a máquina al mismo tiempo que a
leer. Así que no puedo entretenerme con otras cosas. Además, el hecho de
escribir no es conciliable con el placer, es un coñazo, un esfuerzo terrible.
Lo divertido es corregir.
— ¿Deja el listón muy alto?
— He utilizado una gran cantidad de materiales que tenía, y eso va a
dificultad otra obra nueva. [[[Quiero decir que en El año que viene en
Tánger he utilizado gran parte de mis recursos literarios. A ver de dónde
saco ahora cosas nuevas.]]]
— ¿Qué le reconforta más,
escribir un libro o un artículo?
— El libro. En los
artículos no puedes volver sobre lo que has hecho. Me da rabia muchas veces
leerlos. Es frustrante.
— ¿Su novela puede recordar, por argumento, a Casablanca?
— Qué dices. Detesto Casablanca, me parece pésima. Pero admito
que es imposible sustraernos a la influencia del cine. Los que escribimos
ahora tenemos más influencia del cine que de la literatura, hemos visto más
películas que leído libros. El cine ha ampliado nuestra capacidad de
experiencia. Lo que no me gusta es cierta tendencia a contar películas en
forma de novela. La gente del cine lo hace mucho mejor.
— ¿Subestimamos al lector?
— Sí. Eso procede de la televisión, confundimos al lector con el público,
y la televisión atribuye al público un nivel de inteligencia levemente
superior al de los orangutanes.
La mayor ciencia
— ¿Las palabras son el
mayor juguete del mundo?
— Son la mayor ciencia del
mundo: si supiéramos todas las palabras, lo sabríamos todo. Conocer sus
raíces es la ciencia más humana que uno puede pensar. Nos lleva a las raíces
del cerebro, a la creación del hombre. El hombre se inventa con las palabras.
— ¿Se puede amar y odiar al mismo tiempo lo escrito?
— Hay oscilaciones impresionantes. Hay días en que quedas contento y
otros en que te horroriza lo que has escrito.
— ¿El lenguaje está en peligro de extinción?
— Ni por lo más remoto. Según un estudio, en veinte años se han perdido
ochenta palabras. ¿Y qué? Habrán nacido 160. Claro que tienen que perderse
cientos de palabras que servían para designar aperos agrícolas, pero ¿cuándo
viste por última vez un apero?
— ¿Los papeles de la seducción han cambiado?
— Sí, y a la gente de mi edad nos produce cierto placer observarlo,
porque hemos sufrido mucho. Hemos convivido [[[los hombres]]] en
nuestra juventud con unas mujeres ferozmente educadas en la trampa, en la
seducción por procedimientos indirectos y la negativa por sistema. Y
encontrarse ahora con mujeres que se comportan de forma distinta es un
verdadero placer. Cuando ves que se tienen que enfrentar a la negativa, te
produce cierto recochineo. Hablo mucho con las mujeres y me encuentro con que
uno de los motivos de sus conversaciones es tropezar con señores que las
rechazan, en el plano sexual incluso. [[[En fin: el entrevistador no tiene
la culpa. Recuerdo que me alargué demasiado en esta respuesta, hasta hacerla
imposible de resumir. Soy, en efecto, un hombre que habla casi exclusivamente
con mujeres, porque rara vez tengo la impresión de que un señor pueda
contarme nada que me interese. Y no me refiero a lo sexual, ni mucho menos…
]]]
— ¿Le veremos recoger algún premio millonario?
— Me atrevo casi a decir que no. No soy festivalero, aunque me vendría
estupendamente el dinero. Me pasa igual con la primitiva: como no juego, no
me toca.
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