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Un
nuevo concepto de novela
Ramón Buenaventura publica una miscelánea del
siglo XXI
Ramón Buenaventura llegó por fin a
donde tenía que llegar, al lugar de encuentro consigo mismo, a un viaje
interior por su biografía e identidad. Este punto de convergencia en el
tiempo toma cuerpo en esa novela artefacto en sentido cariñoso,
desmesurada como todo lo de Ramón, ilimitada, infinita, inmensa, que es El
año que viene en Tánger. Y es que Ramón no es Ramón Gómez de la Serna,
pero es Ramón el Tangerino, una especie extraña, de cruce de culturas,
sensibilidades, afinidades, actitudes y formas diversas y heterogéneas.
Su novela es eso, el reflejo
de todo: cartas, poesías, notas, datos, historia, leyendas, filosofía,
diarios, genealogía; pero sobre todo este material informe gravita el
revulsivo mágico, sublime, de lo que puede ser una novela. Ramón reivindica
una miscelánea que pone de moda la Edad Media, leída con la mirada del siglo
XXI, pues una vez que rebasa cada uno de los géneros se vuelve hacia la
vanguardia gráfica —distintos tipos de letras—, de registros idiomáticos, de
materias, de fórmulas eruditas, de bases de datos… y más… y más… y a todo le
pone unidad Ramón, y reinventa los viejos tópicos de manuscritos, esta vez
dejados por un amigo, y recicla todo, formando una obra nueva con este
variopinto material, la mayor parte utilizado, pero pocas veces o nunca
emparejado.
— ¿Has buceado
conscientemente sobre el contenido de esta novela, o te ha guiado un tipo de
corrientes impuestas por quién sabe qué energías o estímulos: idiomas,
conocimiento del mundo editorial, de orador, profesor, lingüista,
informático, teoría del conocimiento y, en definitiva, una miscelánea del
siglo XXI?
— No, no he buceado: me he
zambullido en todas las fuentes profundas que me surgían al paso. Estamos en
un momento de cierre cultural, de fin de espectáculo, en que conviene sacar a
la pista todos los recursos, para ver cuáles funcionan y cuáles no, y cómo se
combinan. Y cómo aplaude el público, claro. No se puede escribir con música
ni añadir olores al texto, pero hasta eso me habría gustado probar. Si de
todo ello resulta una miscelánea del siglo XXI, como tú dices, pues qué
alegría. Me encanta la idea. Igual que los seres humanos, las culturas,
cuando vuelven a empezar, tienen que retomar sus orígenes.
— ¿Egolatría, raíces,
búsqueda de identidad, necesidad de literatura…? ¿Qué te ha guiado a elaborar
este monumento literario?
— Egolatría. No. Búsqueda
de identidad. No. Necesidad de literatura. Sí. La egolatría no necesita
confirmación: el ególatra es Dios, en su acogedor tabernáculo. Pero, la
verdad, jamás se me pasaría por la cabeza adorarme. Tengo otras muchas
personas y cosas que adorar. Me basta con ser el protagonista de todos mis
verbos, como todo el mundo. Tampoco soy un buscador de identidades. No creo
en la identidad natural, sino en la forzada, en la que uno se hace, y, por
consiguiente, pienso que una persona en su más o menos sano juicio siempre
tiene una identidad localizada. Yo soy un montón de piezas dispersas que la
conciencia mantiene unidas de un modo forzado y artificial; con mucha trabajo
y mucha voluntad bien musculada. De ahí que todos nos sepamos tan cerca de la
locura: el más mínimo descuido, y zas, nos hacemos fragmentos en explosión. Y
vete tú luego a implosionar… No, en serio: El año que viene en Tánger no
busca mi identidad. Siempre se olvida lo que de interpretación tiene toda
escritura. Uno escribe interpretando el papel de novelista que quiere contar
una determinada historia. El texto es interpretación, performance. Quienes
mejor lo perciben son los poetas, pero el prosista tampoco debe olvidarlo. Ni
el lector, claro.
— Háblame sobre ese
territorio infantil inexistente, de ese canto a Tánger que está pero ya no
es.
— No sé. Tendría que
cantártelo, ¿no? Nací en una ciudad que ya no existe / en un país que
entonces no existía… Una especie de bolero sesudo. Mira: los tangerinos de
aquel entonces llevamos Tánger tan sumido en la memoria como seguramente Adán
y Eva llevaban el paraíso en las suyas. Pero ¿no sería legítimo imaginar que
quizá nuestros primeros padres llegaron a poner en duda la verdadera
existencia del Edén? Cuando León Aulaga, en una nota que redacta en mi propia
casa, poco antes de salir al reencuentro de un viejísimo amor y de Tánger, al
mismo tiempo, escribe «toda mi vida es mentira, y además no la recuerdo»,
está expresando ese temor. El año que viene en Tánger está escrita
para convencerme de que todo aquello fue cierto. Y lo curioso es que no lo he
logrado, que pasan las 613 páginas y sigo sin estar convencido. Pero, eso sí:
ahora, mi Tánger está en mi libro. Más seguro que en mi cabeza,
desde luego.
Nombres propios
— En la novela aparecen nombres propios, reales, sin
siquiera el velo protector de la duda que crea el enigma, tan del gusto del
género novelesco. ¿Existe alguna causa para esto?
— Pues no. Sólo que en la
acción toman parte personas reales, que habría dicho maese Perogrullo. Ésta
es una novela incrustada en la realidad (como todas las novelas, por cierto,
sólo que aquí el autor no sólo no intenta disimularlo, sino que lo destaca).
O una realidad trocada en ficción. No me he tomado el trabajo de distinguir
entre una y otra. Será porque no veo la diferencia, porque lo imaginado, para
mí, ha tenido siempre tanto valor como lo real. Un hecho falso que llevamos
años atribuyéndonos llega a ser tan real, a participar con tanto derecho de
nuestra memoria como los hechos reales.
Puede, incluso, que con mejor
derecho, porque nos pertenece más y, probablemente, encaja mejor en la
personalidad que al cabo de los años nos hemos ido elaborando.
Pero sí, reconozco que en El
año que viene en Tánger hay una utilización de los personajes reales que
quizá no se haya dado en ninguna novela antes. Aunque eso es mucho decir,
claro. Siempre hay un antecedente, por más que el autor no lo conozca. Lo
raro —vamos a dejarlo en raro—, lo raro de El año que viene en Tánger
es que la participación de los personajes reales conocidos del lector
confiere realidad a los personajes no conocidos del lector, oficialmente
ficticios. Una amiga mía se ha enamorado de León Aulaga y me anda persiguiendo
para que se lo presente. A lo mejor lo hago.
Amor y sexo
— ¿Por qué más sexo que amor…? Pues, en mi opinión, la
historia amorosa resulta, al final, algo vacío entre dos personajes extraños.
— La historia de amor que
contiene y sostiene el libro no es algo vacío entre dos personajes extraños.
Es una historia de amor posible, de amor como hoy en día puede vivirse. Un
amor que contiene la libertad de ambos implicados, que está sometido a los
«riesgos» de la libertad y que, por consiguiente, cae en ellos. Recuerdo una
frase de Simone de Beauvoir, verdaderamente profética, porque fue escrita
hace más de medio siglo: «El amor es una cosa que se te mete en la cabeza con
mucha facilidad, pero luego tienes que hacer unos esfuerzos enormes para que
no se salga». El amor como esfuerzo es un concepto moderno. El amor como
aceptación de una persona con su libertad íntegra y a la vez como un proyecto
común de vida. Esto es lo que recíprocamente se aceptan Kimberley Sydney y
León Aulaga. Para conseguirlo, entre el planteamiento y la resolución han
tenido que pasar treinta y un años.
— Si te mandaran que
hicieras una reseña de tu novela, una crítica, ¿qué dirías?
— Diría «a sus órdenes»,
porque tendría que mandármelo alguien con muchísima autoridad sobre mí. Y tú
tienes alguna, desde luego, pero no tanta. No voy a contestar a esa pregunta.
Por razones obvias, además: me obligaría a pensar en El año que viene en
Tánger con lo que yo llamo la «cabeza virtual», que es la que utilizo en
Alfaguara para leer libros ajenos. Una cabeza que no es mía, sino de un
teórico lector medio. Podría hacerlo, por veteranía en el oficio, pero no me
apetece nada en absoluto. Nada en absoluto. Cualquiera sabe qué horrores se
me presentarían de pronto ante los ojos. Ni hablar. Yo a este libro lo amo,
¿comprendes? Está escrito durante un largo proceso de enamoramiento
furibundo. Supongo que se nota. Está escrito con entusiasmo, con ganas mías
de gustarle a él, al libro, y no al revés; de ser un buen autor y comportarme
maravillosamente con mi tema y con mis personajes. En modo alguno quiero
distanciarme de ellos.
Mutación genética
— Por último, Ramón, ¿crees que estamos en una época
de mutación genética cultural y, como tal, en una época de la que puede
desaparecer del mapa literario el autor mejor situado, o viceversa…?
— Es época de mutación
genética, sí, y podría ser que de todos nosotros ninguno pasara al canon
literario, a la tradición que va transmitiéndose de escritor en escritor. Ya
ha ocurrido en la historia de la literatura unas cuantas veces. Cuando se
produce la convulsión cultural que supuso el triunfo de las lenguas
vernáculas sobre el latín, hubo muchos grandes escritores que se resistieron
al cambio y que siguieron aferrados a la única lengua que para ellos era lo
suficientemente refinada como para servir de vehículo al arte y la cultura,
es decir la lengua de Roma. Y ¿qué ha sido de ellos? ¿Qué ha sido, por
ejemplo, de un gran poeta llamado Jean de Lille, cuyo nombre es el único de
todos ellos que recuerdo ahora mismo? Pues que se los tragó la trampa.
Quitados cuatro eruditos y dos caprichosos como yo, nadie los ha leído nunca…
Si en el futuro se produce el cambio de lenguaje artístico que todos los
augurios nos anuncian, podríamos encontrarnos en una situación similar.
Espero que no, claro, porque uno nunca concibe la propia aniquilación.
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