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Non sine
gloria.
Así,
con este latinajo, quiso titular Ramón Buenaventura la novela El año que
viene en Tánger (Debate, 1998), pero sus amigos —entre los que figuran no
pocos escritores de fuste y, también, algunos de secreta gloria y escasa
chicha—no se lo permitieron. Tenían, a todas luces, razón. Pero, con ella o
sin ella, lo interesante del caso es la evidencia —por él puesta de
manifiesto— de que el poeta de Cantata Soleá, el narrador de Romance
de la dueña tornadiza (o algo así… Han llovido muchas lunas, la memoria
flaquea y no tengo ese libro a mano) y el antólogo de Las Diosas Blancas se
ha decidido, supongo que a regañadientes y por bemoles, a aceptar la dulce
derrota y los no menos dulces condicionamientos del peso y paso de la edad.
Antes no se casaba con nadie (fuera de su mujer y de sus hijos), antes no
daba nunca su brazo a torcer, antes —en una circunstancia como la que ahora
evoco— habría enviado a sus amigos a tomar vientos. Sic transit… Lo
que digo en este párrafo, y por eso lo digo, tiene bastante que ver con lo
que en seguida voy a decir a cuento de una novela en la que Ramón
Buenaventura ha encontrado por fin, después de muchas intentonas, zigzagueos
y hasta cañoneos, su verdadera urdimbre, su definitivo tono, su más alta y
pujante voz. El año que viene en Tánger es la consagración de un
novelista como la copa de un pino en el que muchos de nosotros, los de
entonces, creíamos a machamartillo, pero cuyo asendereado y a menudo disperso
quehacer, amagaba sin dar, sembraba sin granar y prometía sin cumplir. La
espera ha terminado.
Salida a hombros
Acabo de leer El año que viene
en Tánger en edición anticipada —es posible que la convencional ni siquiera
haya llegado todavía, aunque será cosa de poco, a los escaparates— y aún me
da vueltas la cabeza, lo que en modo alguno me ha impedido correr gozosa y
desaladamente a la máquina de escribir para dar fe y dejar pública
constancia, en letras de molde, de mi entusiasmo no exento de noble y
justificada envidia. Me temo, sin embargo, que no va a ser fácil.
Francamente: no sé por dónde empezar ni sabré, seguramente, de qué forma
terminar. Mucho libro es éste, lector, como para solventarlo y dirimirlo a viva
fuerza en la estrechez de cuatro folios, y no lo digo sólo por su calidad y
variedad, sino también por su vastedad, su densidad y su cantidad. Ramón
Buenaventura no se limita a alzar la voz, lo que de por sí ya sería mérito
más que suficiente para que las campanas se echasen a repicar en esa tierra
de casi nadie que es, hoy por hoy, la narrativa española (no permitamos que
nos aturulle y engañe el chafardeo de las campañas de promoción ni el cacareo
del coro de los críticos que sirven a sus amos y al discurso de los valores
dominantes), sino que además la sostiene a lo largo y a lo ancho de 613
páginas de purísima literatura en la que los escasos instantes de
desfallecimiento lo son siempre por apuntar demasiado alto y nunca por volar
a ras de suelo. ¡Bendita sea la falta de contención cuando nos llega en alas
de una prosa pluscuamperfecta, de una correctísima y complejísima sintaxis,
férreamente cimentada y armada, de un léxico de abrumadora riqueza, inventiva
y libertad, de una semántica portentosamente ágil, móvil, fértil y abierta, y
de una cultura enciclopédica y ecuménica en la que lo valiente de lo
vernáculo nada quita a lo cortés de lo foráneo! Sombrerazo, señores, y un olé
de esos que se llevan en andas al matador por el tobogán de la puerta grande.
Las razones del poliedro
Seré sinóptico, conciso,
matemático. El año que viene en Tánger es, a mi juicio, y entre otras
muchas cosas, cuanto sigue:
1. Una historia de amor fou en
la que la mujer se llama Tánger y el varón es Buenaventura. Ese relato ocupa
la primera parte del libro. Vale decir: 198 páginas que son, para mi gusto,
las mejores (o quizá, simplemente, las más novelescas). Una delicia
hispano-magrebí. Se leen —se beben— como un vaso de té con hierbabuena.
2. Una colección de versos un si
es no es despatarrados y atribuidos por el autor a un tal Aulaga, que es
—teóricamente— el protagonista de la novela, pero que también podría ser
(ladinamente, en el doble sentido de la palabra) un astuto y traicionero
heterónimo del poeta Ramón Buenaventura. Con ello llegamos a la página 317 y
al comienzo de la tercera parte del libro. No es obligatorio leer de la cruz
a la bola este difuso ramillete de poemas. Yo lo sobrevolé a salto de mata.
3. Una novela pornográfica que
hubiera podido y debido presentarse al premio de «La Sonrisa Vertical»
(Tusquets), y no precisamente para perderlo. Son 260 páginas que las personas
políticamente incorrectas leerán, si tal es su gusto o su pasajero capricho,
con una sola mano.
4. Un brevísimo epílogo tras
el cual se queda el lector de un aire y de una pieza, con los ojos entre la
estupefacción y la turulatez. Si Agatha Christie volviese a la tierra, no
sería capaz de mejorarlo.
5. El primer (y quizá único)
libro de memorias de Ramón Buenaventura. Éste, por lo demás, tampoco se toma
la molestia de disimularlo. Abundan las referencias implícitas —que el lector
debe resolver como si de un crucigrama se tratase— y no escasean las
explícitas: el chalet de Pozuelo, Canada Dry, Angelika, Emilio Sanz de Soto,
Jesús Munárriz, Salvador Pániker, Javier Maqua, Gloria Berrocal… Sólo falto
yo.
6. Una copiosa edición crítica
del conjunto de la historia de la literatura contemporánea y del uso del
lenguaje en estos jodidos tiempos. Numerosísimos son los incisos, los
paréntesis, las acotaciones sarcásticas, las apostillas socarronas, los
navajazos traperos y las notas a pie de página.
7. Eso que los franceses
llaman una novela à clé, sólo que en esta ocasión las claves —las llaves— son
muchas y las cerraduras, ni les cuento. El lector, que va de sorpresa en
sorpresa, no siempre consigue salir del laberinto. El año que viene en Tánger
es opera aperta, al gusto del señor Eco y de los estructuralistas, que deja
no pocos nudos gordianos (y de los otros) en el aire.
8. Un lúcido, lucido,
merecido, minucioso y respetuoso homenaje al talante y al estilo de Burgess,
que fue maestro y amigo de Ramón Buenaventura. Sepa o recuerde el lector que
éste tradujo magistralmente las magistrales memorias de aquél (Ya viviste
lo tuyo, Grijalbo/Mondadori, 1996, o quizá 1995).
Y 9. Un ajuste de cuentas
librado a la vez en varios frentes. No caeré en la tentación de ser más
explícito.
Todos estos sumandos arrojan
la siguiente profecía: será difícil que a lo largo de la década en curso
alguien escriba una novela superior a ésta.
Y si algún listillo se malicia
que tan rotunda y jocunda afirmación obedece a veinte años largos de amistad
con el autor, sepa —sin asomo de duda— que se equivoca.
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