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Memorias,
inventiva y experimentación.
Una novela
compacta, provocadora y extensísima, en la que un publicitario tangerino
protagoniza una recuperación del paraíso perdido. Buenaventura busca, con una
actitud lúdica y entusiasta, ese do de pecho que representa la cumbre del
virtuosismo artístico.
Las letras experimentales no tienen en
España, ni a decir verdad en parte alguna, mucho predicamento. Cuando alguien
se lanza por ese camino ya sabe que le aguarda una aureola de excéntrico, en
el mejor de los casos. No faltan entre nosotros escritores con voluntad
rupturista, pero el peso actual del consumo sobre las letras impide la prosa
muy innovadora al exigir cierta sencillez accesible a públicos amplios. Así
que sólo de tarde en tarde surge un narrador que se olvida de imposiciones
externas. Con ello se arriesga a asumir un papel marginal y a sufrir una
generalizada incomprensión, la del lector corriente, por supuesto, y también
la de algunos creadores no dispuestos a hacer unos esfuerzos que motivaron el
humorístico reproche de H.G. Wells a James Joyce: no había derecho —decía— a
que le exigiera tanta vigilancia para entender los caprichos de Ulises,
cuando sólo le quedaban unos pocos de miles de horas por vivir.
Algo así cabría pensar ante la
novela compacta, provocadora y extensísima de Ramón Buenaventura (RB)
titulada El año que viene en Tánger. RB, un infatigable activista
cultural más conocido como poeta y responsable de una divulgada selección de
poesía femenina (Las Diosas Blancas), busca en esta obra ese do de
pecho que representa la cumbre del virtuosismo artístico. Sólo con hojear el
libro salta a la vista su planteamiento, entroncado con las vanguardias y el
letrismo. Contemplamos una larga serie de usos gráficos infrecuentes:
distintos tamaños y tipos de letra, páginas a doble columna, abundantes notas
al texto, dibujos y cuadros estadísticos… Además, utiliza variedad de
registros: cartas, poemas, digresiones eruditas y pura narración.
Conviene decir de inmediato
que esta actitud experimental tan llamativa no debe despistarnos —ni provocar
recelos de quien no guste de estos usos— porque no estamos ante un relato
cuya meta se cifre en investigar las posibilidades de un vanguardismo
iconoclasta. Al revés, todo ello constituye nada más un ornato de una
narración en el fondo bastante convencional. Así, podemos disfrutar de lo que
hay de ingenio, novedad, aciertos expresivos… sabiendo que el juego, aunque
exista (por ejemplo en la cortazariana invitación a saltarse páginas), no se
acaba en sí mismo, pues se trasciende hacia metas superiores nada banales.
Además, toda esa traca formalista no afecta mayormente la lectura y no supone
ninguna rémora importante para que siga una línea argumental muy nítida quien
sea más sensible a las honduras del contenido que a los primores de la forma.
Hay una razón básica en este
sistema constructivo que dicta también el propio contenido de la novela. Me
refiero a una actitud lúdica y entusiasta de RB que disfruta escribiendo y
apuesta porque nosotros compartamos una proximidad afectiva y estética a lo
que cuenta. Quiere presentar una historia en la que participemos por la vía
de la complicidad biográfica. De ahí la línea narrativa principal: el autor
con su propio nombre y apellido cuenta el destino de su amigo León Aulaga. El
tal León, tangerino de 1940 que ha alcanzado fama internacional como
publicitario, es el protagonista de una historia centrada en la recuperación
del paraíso perdido: en un presente de hoy mismo decide volver a su ciudad
natal con una antigua amante. Este regreso a la infancia propicia el
reencuentro con RB, a quien entrega abundantes materiales literarios que se
incorporan a la novela que leemos.
En verdad, el imaginario León
es sólo el pretexto para que RB, en su doble e indisociable condición de autor
y personaje, hilvane una materia dispersa, que oscila entre las memorias (con
presencia de personas reales) y lo ensayístico (saberes filológicos,
pensamientos o anotaciones críticas). Tampoco falta lo propiamente creativo:
un buen puñado de poemas y una auténtica novela erótica de acentuado
fisiologismo. En suma, un relato caudaloso que, aun estando sometido a un
buen control para que no se salga de ese eje principal, no disimula su
carácter misceláneo. En ello está su mérito, pero también su no pequeño
riesgo: la práctica de un principio acumulativo que agrega noticias,
anécdotas o comentarios hasta un punto de incontención. Surge todo ello de un
gusto por contar, de una fecunda inventiva, de una mirada humorística… pero
termina siendo excesivo, aunque se tenga en cuenta el deliberado empleo de la
reiteración.
Muchas virtudes demuestra RB:
potencia imaginativa, vasta cultura, condiciones innatas de narrador, a veces
serio y a veces irónico. Hubiera sido aconsejable una poda anecdótica, pues
con menos materia se habría conseguido por igual el importante designio que
guía al autor: sentar un escéptico sentido de la vida. Todo el juego que
hemos presenciado no son fuegos fatuos, sino el variopinto entramado que
conduce al final de la narración, donde con claridad se dice que «toda la
vida es mentira, y además uno apenas la recuerda». Esta negación de la
memoria engañosa y del Edén, acompañada de una permanente denuncia de las
apariencias, no cae en la jeremiada. Ello de debe al vitalismo comedido y
desenfadado que late en esta novela personal, ambiciosa y muy interesante. No
deberán perdérsela quienes todavía creen que la literatura es un arte
exigente que permite hablar con desparpajo de cuestiones serias.
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