El Mundo - «La Esfera»

Santos Sanz Villanueva

21 de marzo de 1998

 

Memorias, inventiva y experimentación.

Una novela compacta, provocadora y extensísima, en la que un publicitario tangerino protagoniza una recuperación del paraíso perdido. Buenaventura busca, con una actitud lúdica y entusiasta, ese do de pecho que representa la cumbre del virtuosismo artístico.

Las letras experimentales no tienen en España, ni a decir verdad en parte alguna, mucho predicamento. Cuando alguien se lanza por ese camino ya sabe que le aguarda una aureola de excéntrico, en el mejor de los casos. No faltan entre nosotros escritores con voluntad rupturista, pero el peso actual del consumo sobre las letras impide la prosa muy innovadora al exigir cierta sencillez accesible a públicos amplios. Así que sólo de tarde en tarde surge un narrador que se olvida de imposiciones externas. Con ello se arriesga a asumir un papel marginal y a sufrir una generalizada incomprensión, la del lector corriente, por supuesto, y también la de algunos creadores no dispuestos a hacer unos esfuerzos que motivaron el humorístico reproche de H.G. Wells a James Joyce: no había derecho —decía— a que le exigiera tanta vigilancia para entender los caprichos de Ulises, cuando sólo le quedaban unos pocos de miles de horas por vivir.
          Algo así cabría pensar ante la novela compacta, provocadora y extensísima de Ramón Buenaventura (RB) titulada El año que viene en Tánger. RB, un infatigable activista cultural más conocido como poeta y responsable de una divulgada selección de poesía femenina (Las Diosas Blancas), busca en esta obra ese do de pecho que representa la cumbre del virtuosismo artístico. Sólo con hojear el libro salta a la vista su planteamiento, entroncado con las vanguardias y el letrismo. Contemplamos una larga serie de usos gráficos infrecuentes: distintos tamaños y tipos de letra, páginas a doble columna, abundantes notas al texto, dibujos y cuadros estadísticos… Además, utiliza variedad de registros: cartas, poemas, digresiones eruditas y pura narración.
          Conviene decir de inmediato que esta actitud experimental tan llamativa no debe despistarnos —ni provocar recelos de quien no guste de estos usos— porque no estamos ante un relato cuya meta se cifre en investigar las posibilidades de un vanguardismo iconoclasta. Al revés, todo ello constituye nada más un ornato de una narración en el fondo bastante convencional. Así, podemos disfrutar de lo que hay de ingenio, novedad, aciertos expresivos… sabiendo que el juego, aunque exista (por ejemplo en la cortazariana invitación a saltarse páginas), no se acaba en sí mismo, pues se trasciende hacia metas superiores nada banales. Además, toda esa traca formalista no afecta mayormente la lectura y no supone ninguna rémora importante para que siga una línea argumental muy nítida quien sea más sensible a las honduras del contenido que a los primores de la forma.
          Hay una razón básica en este sistema constructivo que dicta también el propio contenido de la novela. Me refiero a una actitud lúdica y entusiasta de RB que disfruta escribiendo y apuesta porque nosotros compartamos una proximidad afectiva y estética a lo que cuenta. Quiere presentar una historia en la que participemos por la vía de la complicidad biográfica. De ahí la línea narrativa principal: el autor con su propio nombre y apellido cuenta el destino de su amigo León Aulaga. El tal León, tangerino de 1940 que ha alcanzado fama internacional como publicitario, es el protagonista de una historia centrada en la recuperación del paraíso perdido: en un presente de hoy mismo decide volver a su ciudad natal con una antigua amante. Este regreso a la infancia propicia el reencuentro con RB, a quien entrega abundantes materiales literarios que se incorporan a la novela que leemos.
          En verdad, el imaginario León es sólo el pretexto para que RB, en su doble e indisociable condición de autor y personaje, hilvane una materia dispersa, que oscila entre las memorias (con presencia de personas reales) y lo ensayístico (saberes filológicos, pensamientos o anotaciones críticas). Tampoco falta lo propiamente creativo: un buen puñado de poemas y una auténtica novela erótica de acentuado fisiologismo. En suma, un relato caudaloso que, aun estando sometido a un buen control para que no se salga de ese eje principal, no disimula su carácter misceláneo. En ello está su mérito, pero también su no pequeño riesgo: la práctica de un principio acumulativo que agrega noticias, anécdotas o comentarios hasta un punto de incontención. Surge todo ello de un gusto por contar, de una fecunda inventiva, de una mirada humorística… pero termina siendo excesivo, aunque se tenga en cuenta el deliberado empleo de la reiteración.
          Muchas virtudes demuestra RB: potencia imaginativa, vasta cultura, condiciones innatas de narrador, a veces serio y a veces irónico. Hubiera sido aconsejable una poda anecdótica, pues con menos materia se habría conseguido por igual el importante designio que guía al autor: sentar un escéptico sentido de la vida. Todo el juego que hemos presenciado no son fuegos fatuos, sino el variopinto entramado que conduce al final de la narración, donde con claridad se dice que «toda la vida es mentira, y además uno apenas la recuerda». Esta negación de la memoria engañosa y del Edén, acompañada de una permanente denuncia de las apariencias, no cae en la jeremiada. Ello de debe al vitalismo comedido y desenfadado que late en esta novela personal, ambiciosa y muy interesante. No deberán perdérsela quienes todavía creen que la literatura es un arte exigente que permite hablar con desparpajo de cuestiones serias.