El País - «Babelia»

Ignacio Echevarría

21 de marzo de 1998

 

El año que viene en Tánger es una divertida y moderna
versión de Don Juan en la época
de la liberación sexual de la mujer.

Y de pronto, este libro excepcional, sorprendente. Una obra mayor y divertidísima, que levanta ella sola toda una provincia literaria, con su propia capital, Tánger, inolvidable ya para la narrativa española. Escrita con la pasión africana de Camus (el Camus de El verano), pero también con la desenvoltura irónica y cosmopolita de Larbaud (autor de un precedente inexcusable: la Obra completa de A.O. Barnabooth), esta novela mezcla el espíritu lúdico y vitalista de un Lawrence Sterne con el esnobismo sentimental de un Stendhal (el Stendhal del tratado Sobre el amor); la prolijidad venérea de un Casanova con el verbo minucioso y sensual de un Nabokov. Todo ello al servicio de una formidable patraña literaria, en la más aventurera tradición cervantina.
          Al decir de su autor, El año que viene en Tánger es la historia de un amor insólito, capaz de resistir un desencuentro de treinta años; pero es también el difícil retrato de un triunfador, coleccionista de éxitos y de mujeres, y la nada desdeñable revelación de un poeta. Ramón Buenaventura (Tánger, 1940) presenta el libro como una novela biográfica, en la que se da noticia de la vida y personalidad de León Aulaga (nombre ficticio tras el que se escondería, se asegura, una identidad real), y en la que se recoge una amplia selección de los «papeles» confiados al autor por quien, supuestamente, fue el mejor amigo de su juventud dorada, allá en el Tánger internacional de los años 50, hoy desaparecido. Dicha selección incluye un grueso puñado de excelentes poe mas, unos cuantos fragmentos narrativos y, entre varios documentos y anotaciones (algunas de gran aliento ensayístico), una suculenta muestra de las más de dos mil fichas en las que el tal León Aulaga habría venido apuntando, con todo pormenor y durante más de cuarenta años, los numerosos contactos con todo tipo de mujeres a que le habría abocado su infatigable carrera de conquistador. Todo ello generosamente presentado, anotado y a menudo glosado por el mismísimo Buenaventura, quien a su vez habría ejercido, no sin ciertas libertadas, como traductor de todos los materiales, escritos originalmente en francés y servidos con caprichosas veleidades tipográficas. Con facilidad engañosa, Buenaventura organiza una novela muy compleja y sin embargo amenísima, un atrevido artefacto a medio camino entre la memoria y la impostura. «Toda mi vida es mentira y, además, no la recuerdo»: esta frase, repetida con insistencia a lo largo de la novela, viene a constituir la clave de su artificio. León Aulaga matiza su sentido al observar cómo, a diferencia del común de los hombres, que desde la infancia se construyen un yo falso («un yo de adaptaciones, renuncias, astucias, estrategias, prudencias, programado para abrirse camino social con el menor daño posible»), determinados individuos, obcecados en la propia personalidad, «nos pasamos los años iniciales de la vida construyéndonos un yo que luego no nos sirve para el resto de la existencia». De donde este sentimiento que a él le asalta de haber vivido «una existencia que jamás ha tenido nada que ver conmigo». Esa sensación de no recordar nada, sólo de «haber pasado por una serie de circunstancias envanecedoras y desvanecidas».
          No se trata de entonar, una vez más, la vieja cantinela de los ideales traicionados, sino, más profundamente, de impugnar la madurez en cuanto exilio de uno mismo, de la propia juventud. Y es aquí donde surge Tánger como metáfora de un pasado irrecuperable, luminoso y espléndido («todos éramos dueños del sol y del verano»): blanca ciudad del recuerdo cuyos pobladores fueron condenados al destierro.
          Desde este sentimiento de pérdida, el sexo, y más precisamente el coleccionismo erótico que practica León Aulaga, se convierte en una estrategia de restitución, el único orden real de la experiencia. Y es que el arte de la seducción propicia, en cada ocasión, el espejismo de volverse a reconocer uno mismo. Lo sugiere Buenaventura en una aguda anotación: «El coleccionista no colecciona mujeres, sino imágenes de sí mismo». Imágenes que tienden todas, en este caso, a restituir el hombre que León fue durante las semanas en que amó a Kimberley Sydney, joven yanqui de la que se separó en 1964 con la promesa, luego defraudada, de reunirse al poco tiempo.
          No es fácil, ni siquiera posible, determinar en qué medida esta novela constituye una autobiografía indirecta, en la que Buenaventura ha embutido sus talentos de muy notable poeta (con más de media docena de títulos a cuestas), su buen oficio de traductor y experiencias de su pasado de ejecutivo de una multinacional (un mundo del que se ofrecen aquí atisbos estupendos). Lo mismo da. Es ésta, en cualquier caso, la novela de la educación sentimental compartida por toda una generación, y un libro, en definitiva, que bajo su aspecto a menudo frívolo encierra un incurable romanticismo, una contagiosa, erudita y casi devota afición a la mujer como objeto de deseo, de felicidad y de destino.
          Conviene no dejarse despistar por los tintes con frecuencia muy subidos de su recalcitrante erotismo: en el modo con que la novela entona, con ironía crepuscular y nada jactanciosa, un adiós a cierto estilo en las relaciones entre los sexos, se reconocen los rasgos de una obra galante, en la más sabrosa y problemática acepción del término. Se trata aquí, entre otras lecturas posibles, de una moderna versión de Don Juan, en la época de la liberación de la mujer y de la revolución sexual. Pero El año que viene en Tánger es, además, una novela en la que la ambigüedad y la vitalidad de todos sus planteamientos alcanza a la materia misma de la escritura: el lenguaje.
          Hay que prestar atención a la pretensión de que la mayor parte del libro está traducida del francés, incluidos los poemas. Y es que del mismo modo que, fingiéndose una biografía, la novela reinventa los límites de la realidad y la ficción, de la poesía y de la prosa, así también, fingiéndose traducción, sacude gozosamente el idioma español («hablar español es una fe trasnochada», reza uno de los poemas de Aulaga), confiriéndole una audacia, una viveza y una naturalidad absolutamente regocijantes.