El Correo Español

Enrique Portocarrero

4 de abril de 1998

 

No era aquella deliciosa mentira del Tánger dorado un territorio válido para la novela de afirmación heterosexual. Incluso, habría sido impensable preguntarle a Jane Bowles --en medio de una fiesta de disfraces en casa de Barbara Hutton-- por las inclinaciones sexuales de Truman Capote o Tennessee Williams. Y es que, era tal el libérrimo ambiente que durante décadas atrajo a la flor y nata intelectual, que casi parece un chiste, el buscar en ese terreno un lugar para la aventura donjuanesca o para la seducción según los cánones del burlesquismo español.
          Por eso mismo, habida cuenta de que el Tánger de esos años era una ciudad de logradísimos estados intersexuales, cuesta entonces asociarla al raro escenario descrito por Ramón Buenaventura, en el que un Casanova machotazo da cuenta del cobro de incontables piezas femeninas.
          Además, de igual manera, no estamos en la novela de Buenaventura ante un relato de inspiración cosmopolita del tipo de los Durrell, E.M. Foster o Hughes, sino más bien ante un novedoso collage literario --repleto de narrativa, poesía y cuasi ensayos- en el que la filosofía carpetovetónica prima sobre aquella sublime razón existencial del mestizaje de razas, religiones y formas de vida, que caracterizó al mejor Tánger.
          Por último, tampoco se puede decir que Buenaventura aporte una novedosa metáfora para la desmitificación del Tánger dorado, puesto que de eso ya se encargó con maravilloso acierto el inolvidable Ángel Vázquez de La vida perra de Juanita Narboni. Allí, en el verdadero decorado de un brillo declinante, sí se coció una desmitificación. Así, al optar Buenaventura por los pechos cinematográficos de Mylène Demongeot, frente a los círculos cosmopolitas tangerinos o los ámbitos de fusión judeo-cristiana, no hay más remedio que terminar diciendo que lo suyo es una excelente novela en la que, como trampa o truco editorial, ha incluido el nombre de Tánger.

[[[Es vieja costumbre literaria que el autor jamás responda a las críticas o comentarios que de su obra aparezcan en los medios. Y nada diría yo ante este artículo del señor Portocarrero si se refiriera a lo literario de El año que viene en Tánger. De eso sólo afirma que es «una excelente novela». Gracias. Pero lo que me importa aclarar es que ignoro de qué Tánger está hablando el autor del artículo, ni —si me apuran— de qué novela. Para empezar, los festejos de Barbara Hutton y los fastos homosexuales a que se refiere Portocarrero son de una época posterior a la mía. Para seguir, la —en efecto— extraordinaria novela de Ángel Vázquez no desmitifica nada en absoluto, porque no es ése su propósito. Para seguir siguiendo, tampoco yo me he planteado ni por un segundo el objetivo desmitificador, tan hortera él. Y, para acabar de seguir, me parece un disparate escribir que «no era aquella deliciosa mentira del Tánger dorado un territorio válido para la novela de afirmación heterosexual». ¿? Dejando de lado lo pintorescamente que hay que leer El año que viene en Tánger para entenderlo como una «afirmación heterosexual», lo que me está diciendo Portocarrero es que mi Tánger era un territorio homosexual. Y, francamente, no sé qué contestarle sin rebasar las lindes de la corrección… Por otra parte (y ahora sí que termino), Portocarrero parece no haber leído mi novela más que por encima: las «hazañas» venéreas de León Aulaga NO OCURREN en Tánger, de modo que toda la discusión se viene al suelo.]]]