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El
runrún
En este mundo dominado por la
publicidad y las grandes estrategias de marketing, que le hacen a uno
sentirse un panoli si no calza los zapatos Tal y luce en la muñeca el reloj
Cual, o un perfecto imbécil si no ha visto la superproducción de Hollywood X,
y un total ignorante si no ha leído la última novela de XX, alzada a las
alturas por esas sutiles telarañas que suelen tejerse en torno nuestro hasta
que nos vemos atrapados en la estricta necesidad de admirar ciertos talentos,
uno tiene muy poca capacidad de maniobra. Lo que quiero decir es que gracias
al continuo bombardeo de compre-vea-vista-lea, todos nos movemos
teledirigidos como polichinelas sin conseguir utilizar ni una mísera neurona
para crearnos un criterio propio. Y sin embargo resulta de los más tranquilizador
encontrar que existen cosas que logran imponerse a la tiranía del pensamiento
único.
A veces ocurre con un producto
comercial, a veces con una película como la archiconocida Full Monthy,
que, sin contar con un lanzamiento espectacular, ha logrado convertirse en
una de las producciones más reconocidas de este año. Es lo que podríamos
llamar el triunfo de la antipublicidad o del boca-oreja y, en definitiva, el
triunfo de la propia calidad de un producto. Ocurre, además, para mayor
interés de aquellos a los que nos gusta observar fenómenos sociológicos, que,
a veces, a este éxito inesperado antecede un runrún premonitorio o, para ser
más exactos, un callado griterío. Algo que podría compararse, quizá, al
lejano e imperceptible temblor que un indio síux capta al adosar la oreja al
suelo y que anuncia la llegada de una bella y extraordinaria manada de
búfalos.
En el complejo mundo de la
literatura rara vez se percibe ese runrún premonitorio. Cuentan, sin embargo,
que antes de la publicación de Cien años de soledad sí pudo sentirse
ese no sé qué inexplicable que auguraba la llegada de una obra fuera de lo
común. Y se produjo sin ayuda de la prensa. Lejos del apoyo de poderosos
medios de comunicación, propiciado sólo por el empuje de diversas personas
que habían leído el libro y habían quedado fascinadas por su belleza y
originalidad. Para corroborar tal augurio, valga el dato histórico de que,
ante las expectativas creadas, la editorial subió la tirada de los 5.000
ejemplares a los 8.000. García Márquez les escribió diciendo que estaban
locos y se iban a arruinar, pero los primeros ejemplares de Cien años…
se agotaron en 15 días, los siguientes en una semana y así hasta convertirse
en uno de los libros más importantes del siglo.
No es que yo ahora vaya a
hablarles de un nuevo Cien años de soledad, eso sólo el tiempo puede
decirlo, pero sí me gustaría alertar sobre un runrún literario que parece
augurar la llegada de algo importante. El libro se llama El año que viene
en Tánger, su autor es Ramón Buenaventura, y si están ustedes atentos al
inmoderado goteo de elogios, pasmos varios y entusiasmos sin tasa que ya ha
despertado aun antes de su publicación, me parece que estamos ante algo
revolucionario.
Unos dicen que es la historia
de un «amour fou», otros que se trata de una apuesta sin concesiones por la
Gran Literatura. Los amantes del género erótico estarán encantados de
encontrar en él la más sutil y literaria sensualidad de los últimos tiempos,
y los poetas, un talento fuera de serie. Pero hay más. El año que viene en
Tánger está lleno de humor, de guiños al lector, de travesuras
tipográficas atrevidísimas y de muchas otras genialidades. Se trata, en
definitiva, de un libro total, algo nuevo en estos tiempos de perplejidad
post-modernista. Así parece augurarlo el runrún que corre por ahí, y estos
estremecimientos previos ante una obra notable rara vez se equivocan.
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