|
Poeta siempre, narrador
peristáltico, antólogo al revés, profesor y periodista ocasional, traductor arbitrario
y original, animador cultural y ejecutivo editorial hoy, Ramón Buenaventura
(Tánger, 1940) es sobre todo un creador enamorado de la literatura en quien
la multiplicidad de sus actividades desborda su carrera de escritor
propiamente dicha. Como poeta, su actividad esencial, ha publicado siete
libros desde aquel primero de 1978 —Cantata Soleá—, que le catapultó a
una relativa fama tanto por ser uno de los mejores como por su tono rebelde,
experimental y antiformalista que se unía con retraso al intento de una
generación «sesentayochista» que en nuestro país no llegó a cuajar del todo
fuera de los «novísimos». Pero, desacreditada aquella efemérides, su poesía
quedó quizá descolocada y así, pese a otros títulos, alguno de ellos tan
singular como Eres, al final ha resultado ser más conocido como
traductor y biógrafo de Rimbaud o antólogo de la poesía femenina española en
un libro que causó sensación, Las Diosas Blancas (1985).
Como narrador, diecisiete años
separan esta segunda novela que hoy nos perpetra de la primera, Ejemplo de
la dueña tornadiza, de un erotismo más verbal que real, con una doble
inspiración de fondo que sigue siendo la misma, pues se basa en la
investigación y el sexo y sobre la creación literaria a la vez, aunque la
amplitud de El año que viene en Tánger es mucho mayor, y su empleo de
los recursos que a su disposición ha puesto la informática amplifican su
proyecto narrativo que estalla en todas las direcciones en una ambición tan
omnicomprensiva como explosiva. Podría hablarse de un proyecto «disparatado»
pues se «dispara» por doquier, y no sin razón, ya que sólo dos revoluciones
han triunfado hoy: la de la mujer y la de la informática. Buenaventura se
coloca en el centro de la narración, con su ordenador y sus circunstancias
personales reales, para crear el personaje central del libro, «León Aulaga»,
cuya vida nos cuenta a través de su testimonio y de los documentos que le
presta el imaginario protagonista, un compañero de infancia, juventud y
educación, en aquel mítico Tánger de los años 40, sesentayochista cosmopolita
reconvertido en alto dignatario del mundo de la publicidad internacional,
aspirante a poeta y escritor inédito, universos que su trayectoria vital —en
una constante persecución de las mujeres y el éxito— le cerró casi desde el
principio. Los recuerdos de Buenaventura, los poemas y narraciones de Aulaga
anotados e interrumpidos por su amigo, entremezclan toda suerte de
procedimientos narrativos, líricos, discursivos, ensayísticos, eróticos,
imprecatorios, en un «puzzle» de notas al pie, lenguas, cartas, internets,
caligramas, que al final se resuelven en un catálogo de las mujeres amadas
por su personaje cuyas proezas sexuales son reafirmadas hasta lo «porno» a
veces y puestas en solfa también por un narrador que quizá está creando así
un doble imaginario para poder proyectar unos fantasmas tan propios como
colectivos.
Novela que se origina en un
proyecto total, ambicioso, exasperado, menos original que tecnológicamente
experimental, pues crear personajes como Jusep Torres Campaláns, de
Max Aub, o catálogos sexuales como los de Sade son cosas ya vistas: con sus
experimentos que recuerdan rebajados los primeros a un Julián Ríos o la
segunda a un Sánchez Dragó [[[sic; digo yo que será errata]]], aquí lo
nuevo es el ordenador y sus recursos, que a veces producen páginas
defectuosas en la estética de su diseño pero que también proporciona momentos
de intensidad, ritmos nuevos. Y aunque lo malo del ordenador es que sin mente
no ordena, aquí hay amor a la literatura, provocaciones, blasfemias, críticas
y desesperaciones auténticas, pasiones desatadas y una vocación por el
fracaso que todo lo ennoblece. Tánger ya no existe. Ulises recupera a una
Penélope inservible, y el año que viene nunca podrá llegar del todo, pues
todos los paraísos son siempre los perdidos, como la vida misma, con o sin
ordenata.
|