ABC literario

Rafael Conte

24 de abril de 1998

 

Poeta siempre, narrador peristáltico, antólogo al revés, profesor y periodista ocasional, traductor arbitrario y original, animador cultural y ejecutivo editorial hoy, Ramón Buenaventura (Tánger, 1940) es sobre todo un creador enamorado de la literatura en quien la multiplicidad de sus actividades desborda su carrera de escritor propiamente dicha. Como poeta, su actividad esencial, ha publicado siete libros desde aquel primero de 1978 —Cantata Soleá—, que le catapultó a una relativa fama tanto por ser uno de los mejores como por su tono rebelde, experimental y antiformalista que se unía con retraso al intento de una generación «sesentayochista» que en nuestro país no llegó a cuajar del todo fuera de los «novísimos». Pero, desacreditada aquella efemérides, su poesía quedó quizá descolocada y así, pese a otros títulos, alguno de ellos tan singular como Eres, al final ha resultado ser más conocido como traductor y biógrafo de Rimbaud o antólogo de la poesía femenina española en un libro que causó sensación, Las Diosas Blancas (1985).
          Como narrador, diecisiete años separan esta segunda novela que hoy nos perpetra de la primera, Ejemplo de la dueña tornadiza, de un erotismo más verbal que real, con una doble inspiración de fondo que sigue siendo la misma, pues se basa en la investigación y el sexo y sobre la creación literaria a la vez, aunque la amplitud de El año que viene en Tánger es mucho mayor, y su empleo de los recursos que a su disposición ha puesto la informática amplifican su proyecto narrativo que estalla en todas las direcciones en una ambición tan omnicomprensiva como explosiva. Podría hablarse de un proyecto «disparatado» pues se «dispara» por doquier, y no sin razón, ya que sólo dos revoluciones han triunfado hoy: la de la mujer y la de la informática. Buenaventura se coloca en el centro de la narración, con su ordenador y sus circunstancias personales reales, para crear el personaje central del libro, «León Aulaga», cuya vida nos cuenta a través de su testimonio y de los documentos que le presta el imaginario protagonista, un compañero de infancia, juventud y educación, en aquel mítico Tánger de los años 40, sesentayochista cosmopolita reconvertido en alto dignatario del mundo de la publicidad internacional, aspirante a poeta y escritor inédito, universos que su trayectoria vital —en una constante persecución de las mujeres y el éxito— le cerró casi desde el principio. Los recuerdos de Buenaventura, los poemas y narraciones de Aulaga anotados e interrumpidos por su amigo, entremezclan toda suerte de procedimientos narrativos, líricos, discursivos, ensayísticos, eróticos, imprecatorios, en un «puzzle» de notas al pie, lenguas, cartas, internets, caligramas, que al final se resuelven en un catálogo de las mujeres amadas por su personaje cuyas proezas sexuales son reafirmadas hasta lo «porno» a veces y puestas en solfa también por un narrador que quizá está creando así un doble imaginario para poder proyectar unos fantasmas tan propios como colectivos.
          Novela que se origina en un proyecto total, ambicioso, exasperado, menos original que tecnológicamente experimental, pues crear personajes como Jusep Torres Campaláns, de Max Aub, o catálogos sexuales como los de Sade son cosas ya vistas: con sus experimentos que recuerdan rebajados los primeros a un Julián Ríos o la segunda a un Sánchez Dragó [[[sic; digo yo que será errata]]], aquí lo nuevo es el ordenador y sus recursos, que a veces producen páginas defectuosas en la estética de su diseño pero que también proporciona momentos de intensidad, ritmos nuevos. Y aunque lo malo del ordenador es que sin mente no ordena, aquí hay amor a la literatura, provocaciones, blasfemias, críticas y desesperaciones auténticas, pasiones desatadas y una vocación por el fracaso que todo lo ennoblece. Tánger ya no existe. Ulises recupera a una Penélope inservible, y el año que viene nunca podrá llegar del todo, pues todos los paraísos son siempre los perdidos, como la vida misma, con o sin ordenata.