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Zoco Airport
Cuando acabé de leer El año que
viene en Tánger se me vino a la mente una expresión que puso de moda el
Ajax por los años de mi juventud (fútbol total), y me pareció la primera
definición para la novela de Ramón Buenaventura. que se antoja, ante todo,
una obra de literatura total que en nada tiene que envidiar las del
disparatado (y genial) novelista escocés Alasdair Grey.
Falsamente sencilla (porque se
lee de corrido con facilidad pasmosa: la que sólo puede lograr quien conoce a
fondo este oficio), El año que viene en Tánger es un zoco literario en
el que podemos encontrar de todo, un rastro en el que el lector puede buscar
todos los géneros, todos los estilos y hasta algo más, el descaro de un gran
juego de realidades y de ficciones que pista y despista (permítaseme forzar
el diccionario, pero el libro lo merece, y Buenaventura, creo, me dejaría)
con la misma facilidad que envuelve.
De entrada, es la novela de un
novelista como mandan los cánones, o sea, una historia que superará
perfectamente la prueba de Goldmann, pero El año que viene en Tánger
es mucho más. Es también la novela de un poeta, por el tono y, sobre todo,
por la inclusión de unos cuantos cientos de versos, algunos de ellos
espléndidos. Y la novela de un cronista (cronista de la vida y cronista de la
historia; cronista de una generación y cronista de sí mismo). Y la novela de
un memorialista que mira atrás desde la altura del tiempo. Y la novela de un
editor que prepara la edición crítica de unas obras extrañas y completas. Y
la novela de un lingüista y traductor que ha cambiado en su laboratorio las
cobayas de Martín Santos por las palabras y los editores de texto (despliegue
tipográfico incluido, que es abrumador). Y la novela de un psiquiatra que
apunta con precisión el más mínimo detalle de la más profunda obsesión humana
(el sexo es uno de los grandes ejes de la obra). Y hasta la novela de un
dramaturgo en alguno de los monólogos que afloran entre tanta exuberancia. Las
dos orillas
Un zoco literario, pues,
pero al ritmo vertiginoso de un aeropuerto. No podría ser de otra manera,
porque éste es el libro de un final de siglo (y de milenio), un libro de las
dos orillas que caracterizan cada cambio brusco de calendario (tan brusco
éste que nos viene, dicen, que va a montar un gran caos en los ordenadores).
Cuando el abuelo del
protagonista y autor, Ramón Buenaventura, llega al puerto de Tánger, «a León
Tolstoi le queda exactamente un mes de vida», y León Aulaga, el amigo de la
infancia de Ramón Buenaventura que le confía sus obras completas contacta en
enero de 1995 con un viejo amor por el chat. Ha pasado, pues, un siglo con
todas sus lógicas y hemos pasado de una a otra orilla del tiempo directamente
medible y controlable por un ser humano. Pero ha pasado, además, por dos
personajes (cada uno de una España si tomamos como gran frontera la Guerra
Civil) que arrancan de Tánger neocolonial y se desarrollan profesionalmente
en el mundo voraz del capitalismo más competitivo. Y por Tánger mismo, una
ciudad de zoco pero también de puerto franco, una ciudad africana pero
cosmopolita, una ciudad que es puerta de un continente y por lo tanto, al
tiempo, dos orillas en sí misma, tanto como el devenir de un siglo (de
cualquier siglo), como el binomio Buenaventura / Aulaga o, por qué no, como Buenaventura
mismo, espectador de un tiempo que ha sido, más propiamente, unos tiempos que
«han cambiado tantas y tan demasiadas veces».
¿Zoco o aeropuerto, El año
que viene en Tánger? Da igual. Pase y compre. O, si lo prefiere, pase,
embarque y vuele.
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