Levante

Alfons Cervera

19 de junio de 1998

 

Encuentros en Tánger
cuando el tiempo ya ha macerado la memoria

UNA NOVELA EXTRAORDINARIA

Nunca he leído una novela tan extraordinaria. Nunca. A lo mejor las novelas de antes: donde todos aprendimos a leer y a escribir (bueno: a escribir hay quien no ha aprendido ni leyendo un millón de veces Madame Bovary, Abasalón, Abasalón, Los adioses y El embrujo de Shanghai). Hay novelas totales y otras que se nutren de la esterilidad y de lo inútil, que se escriben como si fueran churros aceitosos y chorrean el pus de la indecencia metido en litronas de una modernidad desternillante, ridícula, premiadas por jurados pagados a tanto la página, llenas de jovenzuelos buscavidas, de la poesía esa del malvivir y de los coches a mil por hora, de policías venecianos, más o menos patinadores y tempestuosos o antiabortistas y encoñados, de la mierda que suda una literatura concebida como se concibe la traición nada sublime (si al menos fuera sublime...) a la literatura. Ramón Buenaventura publica sin prisas: poesía, antologías de poesía, alguna novela. Escribe en algún periódico, da clases en alguna universidad. Viene de Tánger, creo. Y en Madrid compartimos amigos comunes: a él no lo conozco, sólo lo que ha escrito en El año que viene en Tánger. Sólo eso: la novela total: ésta sí, no las otras, las de los premios tempestuosos y adolescentes que les contaba líneas arriba. La empiezas con precaución, con mucha precaución: relato de iniciación, de memorias jóvenes casi del colegio, de nombres supuestos en la primera página, de relatos y poesía y metaliteratura y notas a pie de página para desandar el camino de las aclaraciones y volver a empezar con las rupturas en la página y en los capítulos. Novela total como las de antes, más retorcida, con más vueltas y revueltas al territorio del amor de cuando se es más joven y se escriben poemas vírgenes y luego se recuperan amores de entonces en las páginas de Internet cuando una mujer se está muriendo de cáncer o de algo (¿qué más da saber los motivos si la muerte está asegurada en la pantalla y en la voz poderosa de la mujer que se morirá a lo mejor nada más cerrar la página de Internet y de señalarle a León Aulaga la dirección de Kimberley Sydney?). Encuentros en Tánger cuando el tiempo ya ha hecho lo que tenía que hacer: macerar la memoria: «Sí, recuerdo Tánger, claro que recuerdo Tánger. Pero viéndola ahora sólo puedo pensar que me equivoco, que nunca existieron las dulzuras en que creemos haber vivido.» Estrujar la memoria, desperdigar los recuerdos por las páginas de una novela completa, como hay pocas, casi ninguna. Podría ser truco, un truco bien endulzado, esta novela de Ramón Buenaventura. No lo es. Antes estuvo una vez Rayuela: de tal página a tal página, prescinda usted de estos capítulos, váyase al cuadradito de más allá de un salto como si fuera a saltarse el océano Atlántico antes de suicidarse tirándose por la ventana hasta el patio. Cortázar es ahora en esta novela una cercanía irónica y El año que viene en Tánger es la recuperación de un novelista excepcional, la llegada de una novela única en los tiempos simples que corren para la literatura simple de usar y tirar, de no calentarnos la cabeza, de mirar a otra parte mientras leemos porque leer para qué si las novelas nacen corrompidas por los valores del mercado. Una novela sobre León Aulaga y sus amantes, parece. Sólo eso: «Es sobre ti, pero tú no eres tú, como pasaría con cualquier otra persona real en que hubiera podido inspirarme para escribir una novela.» Dice Ramón Buenaventura en un capítulo de los últimos, mientras esperan los tres, León, Kimberley Sydney [[[En realidad, es Angelika Steiner]]] y él mismo la llegada imposible de mi amigo Javier Maqua que llega con Gloria Berrocal tres cuartos de hora tarde: como siempre, dice Ramón Buenaventura.
          Novela inmensa que transcribo con el corazón en un puño: no pueden contarse novelas así, como ésta: la mejor del año y de muchos antes. Un modelo de intenciones, de resultados felices, de regleta para que el escritor no se equivoque: «Es indispensable encontrar el modo de mentir. Porque toda la vida es mentira, y además uno apenas la recuerda.» Punto. Final. Novela, poemas, relatos, metaliteratura, plantilla para que la sigan al pie de la letra los escritores sin premios podridos. Sólo esos. Ni uno más. Ni uno.

 

 

 

 

Levante - 980619

Alfons Cervera