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Fronteras de la experimentación
[[[Este extenso artículo
comenta los libros siguientes: Bernardo Atxaga, Lista de locos y otros alfabetos; Justo
Alejo, Poesía; Pablo del Barco, ItinAmario; Ramón Buenaventura,
El año que viene en Tánger; Cuca Canals, La hescritora. ]]]
[…] Salvo singularidades, el
vanguardismo narrativo se atiene a empresas un algo menores, como si lo que
hay en él de juego consumiera a las mejores energías de los autores. No es el
caso, sino todo lo contrario, de una de las aventuras novelescas más
ambiciosas —y también, lo diremos ya, más interesantes y logradas— de tiempos
próximos: la monumental, y no sólo por sus dimensiones, El año que viene
en Tánger, de Ramón Buenaventura.
El aspecto gráfico de las
páginas nos dice que estamos ante un relato rupturista, aunque su carácter
novedoso es más de fondo: hallamos notas a pie de páginas, cuadros,
estadísticas, cartas, poemas, digresiones eruditas… Todo ello nos lleva a una
concepción muy finisecular: una quiebra en la estabilidad de los géneros, una
aniquilación de la idea misma de género que rompe las fronteras entre formas
no hace demasiado incomunicadas [sic: errata]. Escribía Baroja en 1924
que la novela es tan indefinible y permeable que en ella cabe todo. Pero lo
decía pensando todavía en la novela que fagocita los géneros restantes. Hoy,
y en Buenaventura, estamos un paso más allá, porque su libro es algo
distinto: poemario, epistolario, ensayo… y juego cortazariano que invita a
saltar páginas. Y, aun más allá, es biografía real a la que se incorpora la
trayectoria del propio autor sin mucha ficcionalización (eso supongo).
Todo ello, sin embargo, está
trenzado en un texto eminentemente narrativo: una aventura humana que alberga
un sentido de la existencia. Con el pretexto del autor de reconstruir la
peripecia de un amigo, se extiende por una recreación de la vida en su
totalidad, desde lo erótico —que tiene mucho peso— hasta lo intelectual. Esa
mirada compleja sobre el mundo tiene, además, un eje de gravitación en torno
al sentido del tiempo, el retorno al pasado y la búsqueda de la felicidad. El
enorme despliegue verbal, cultural, anecdótico, literario de la novela
conduce a un tema de siempre: la búsqueda del paraíso perdido. El resultado
es una visión entre escéptica y negativa del universo que se sintetiza en una
sentencia final: «toda la vida es mentira». Buenaventura hace un excelente y
emocionante —a veces divertido, otra triste— recorrido por la mentira de la
vida al que cabe ponerle el reparo de una cierta incontinencia. Creo que una
poda de materiales hubiera aquilatado más ese sentido y hubiera evitado
algunos momentos que producen un poco de fatiga.
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