El último negro

 

Montxo Armendáriz

 

Hablar sobre una novela de Ramón Buenaventura tiene una gran ventaja: saber que cuentas, aun sin leerla, con la garantía y la certeza de que va a estar magníficamente escrita. Por eso, cuando Valeria [Valeria Ciompi, Directora de Alianza Editorial] me propuso participar en esta presentación, acepté sin dudarlo, porque sabía que no tendría que disimular, ni engañar a nadie con vagos calificativos sobre El último negro. Lo que no sabía, entonces, era que la novela es espléndida, un mordaz ejercicio de trasgresión, si tenemos en cuenta que lo que se pretende escribir, en este caso es «una mala novela». Porque, según comenta el negro que la escribe, una mala novela es garantía de éxito literario, y eso es precisamente lo que busca quien se la encarga. La leí casi de tirón, en dos sentadas, no por falta de interés o ganas de terminarla en la primera, sino por falta de tiempo. Me reí, me emocioné, me sorprendió en muchos momentos su estructura, sus giros dramáticos, sus provocaciones expresivas y formales. En resumen, me pareció una novela tan asombrosa como actual.

     En seguida comencé a preguntarme cómo podía expresar todo el contenido que encierran las páginas de El último negro, pero había sido tan apabullante la lectura, que no se me ocurría nada. Absolutamente nada. Estuve dándole vueltas varios días, y al final no se me ocurrió mejor cosa que llamar a León Aulaga para pedirle ayuda. Conozco a León Aulaga desde que se publicara El año que viene en Tánger, y, aunque en El último negro no es el protagonista principal, tiene una presencia relevante e incluso decisiva en muchos aspectos. A mi juicio, era la persona ideal para sintetizar en pocas líneas la novela de Ramón, aparte de ser uno de los pocos escritores, además de amigo, que Ramón admira y respeta.

     Le invité a cenar en uno de sus restaurantes favoritos y nada más verme quiso conocer mi opinión sobre El último negro. Parecía nervioso. Pensé que igual estaba celoso porque su paisano Rodrigo Díez del Canchal le había quitado el protagonismo. También pensé suavizar mi opinión para no molestarle, pero no lo hice, le dije la verdad, que la novela me parecía magnífica, espléndida, incluso mejor que El año que viene en Tánger. Para mi sorpresa, asintió con una sonrisa benévola, mientras confirmaba: «pues sí, Ramón escribe como Dios». No entendí el significado de sus palabras hasta horas más tarde, cuando llevábamos varias copas y me hizo una confesión que no sé si debo contarla. Pero vayamos por partes. Convencí a León para que me enviara un mail una breve reseña sobre la novela. A los pocos días recibí su mail con sólo tres puntos que transcribo literalmente:

Punto 1. Ramón no escribe novelas, sino libros que contienen novelas. (Hay una nota a pie de página donde aclara) Novela: «obra de imaginación en prosa que desarrolla una acción determinada y muestra la evolución de unos personajes». (Y prosigue la nota.) Recuerdo que Ramón odia la imaginación, la recreación ficticia. Sus libros son un compendio de erudición y están repletos de datos e información histórica, técnica, referencias bibliográficas, musicales, científicas e incluso políticas que trascienden y dan sentido a los personajes y a los relatos que contienen. Unos personajes y unos relatos surgidos de la propia realidad convertida en ficción.

Punto 2. El último negro es un libro divertido, sarcástico, cargado de erotismo, de ingenio y de locuacidad. Un libro sobre la mentira, la falsificación, el sexo, el poder, pero sobre todo, un libro donde confluyen las dos grandes pasiones que Ramón siente por la escritura y por las mujeres, o viceversa. El último negro, sin ninguna duda, es la cumbre del conjunto de obras que tienen como pretexto la ciudad de Tánger y como único argumento, la pasión de vivir.

Punto 3. (Aquí hace León una recomendación, me dice: Busca dos o tres citas, como máximo, que resuman el libro). Imposible respetar su indicación. No he podido resistirme a incluir algunas más.

     Son éstas:

     «Al poder le encanta dar lecciones con faltas de ortografía, de prosodia, de sintaxis, de elegancia. Por cojones.»

     «Esta es una novela sin orden ni concierto, como la vida misma.»

     «No creo que haya en el mundo un solo novelista que no sea un embustero espectacular.»

     «Hay escritores a quienes parece dar tanto asco su propia vida que no la tocan ni con guantes de látex.»

     «No hay belleza sin falsificación.»

     «¿Y qué le queda a uno de la vida? Unas cuantas canciones que tararear en la vejez, con lágrimas en los ojos.»

 

Estos fueron los escuetos puntos que me envió León Aulaga en su mail. Me falta saber si lo que me confesó después de la cena, mientras tomábamos unas copas, es verdad o fue producto del alcohol. Me dijo así, de improviso, que El último negro no lo había escrito Ramón, sino un negro que tiene desde hace tiempo. Me dio la risa. Le repliqué que el estilo de Ramón es inconfundible. León argumentó que todo estilo puede copiarse, incluso insinuó que él podía hacerlo sin ningún problema. Discutimos. Le pregunté directamente si él era el negro de Ramón. No obtuve respuesta. Tan sólo un brillo extraño cubrió sus ojos, tal vez fuera de envidia o de admiración.

     Ramón debía saber que algo así ocurría, porque al final de su novela escribe: «todo esto es verdad, pero daría igual que fuera mentira». Sólo me queda desearle suerte y que, al menos por esta vez, no se cumpla el aforismo de Benet cuando decía que «la calidad literaria es inversamente proporcional al número de lectores».

 

Montxo Armendáriz

Leído por Valeria Ciompi durante la comida de prensa

de El último negro.

Madrid, 9 de marzo de 2005