
El País, «Babelia», 26 de diciembre de 1998
Transcripción del texto
Pies de fotos:
R. Buenaventura. El año que viene en Tánger (Debate) es el
relato de la vida de un triunfador y el excelente retrato de una
juventud.
Roberto Bolaño. Los detectives salvajes (Premio Herralde,
Anagrama) es una excelente historia de poetas y obras perdidas.
Javier Marías. Negra espalda del tiempo (Alfaguara), novela que
escapa a los géneros, nace de la peripecia de Todas las
almas.
César Aira. Cómo me hice monja (Mondadori) es una original,
irónica y sorprendente aventura literaria de este argentino.
Belén Gopegui. La conquista del aire (Anagrama) narra la
transformación de la sociedad española en las últimas
décadas.
Entradilla:
Toda selección es
discutible y si, además, lo elegido pertenece al campo de la
creación, es radicalmente subjetiva. En esta ocasión, los
críticos más habituales en Babelia, a petición del
suplemento, han escogido las cinco mejores obras de sus
respectivas especialidades, publicadas en el año que ahora
acaba. Les ofrecemos una guía personal y valiosa.
Selección de libros de 1998
Los Mejores
Ignacio Echevarría
A punto de concluir el año, éstas son las
cartas que la mano sirve para la partida de la narrativa
española actual. El lector puede intentar otros descartes, pero
ha de saber que en el mazo no quedan naipes mucho mejores y que,
en cualquier caso, con los que le han tocado está a su alcance
sacar un buen juego.
Rey de corazones. En una
tradición narrativa que ha hecho de la derrota una virtud ética
y que abunda en el fracaso como categoría estética, Ramón
Buenaventura se descolgó, a comienzos del año, con el recuento
minucioso de la vida de un triunfador, León Aulaga,
coleccionista de éxitos y de mujeres. Lo hizo mediante un
estupendo artefacto literario en el que, con espíritu
desinhibido y juguetón, se mezclan fragmentos narrativos, pasos
autobiográficos, notas ensayísticas, abundantes poemas y
para regocijo de la afición todo un fichero de
conquistas sexuales puntualmente anotadas por su protagonista,
empedernido Don Juan puesto en funciones de Leporello a la hora
de recitar el catálogo de sus amoríos.
Elegía radiante de una ciudad
Tánger y de una juventud dorada la de quienes
se educaron, allá por los cincuenta, en sus aires
cosmopolitas, El año que viene en Tánger (Debate)
incita al lector con su erotismo recalcitrante, con su galería
crepuscular, con su impostor confesionalismo, con su alegre
desorden. Extraña a toda cortapisa genérica, a toda legalidad
sobre los límites entre realidad y ficción, la novela se finge
traducida del francés, y hasta en el idioma hace gala de una
irreverente y gustosa libertad, surgida de la fundada sospecha de
que el español «es una fe trasnochada».
Jota de picas. También Negra
espalda del tiempo (Alfaguara), de Javier Marías, se sitúa
más allá de toda pasión clasificatoria, de toda cortapisa
genérica. Pero a diferencia de Buenaventura, que se reserva un
discreto papel de amanuense y comparsa de su alter ego
León Aulaga, Javier Marías, con nombre y apellido,
acapara el protagonismo de su libro, que él mismo señala como
el más ambicioso y arriesgado de cuantos lleva escritos. Riesgo
y ambición, sin embargo, son términos tocantes a un juicio de
intenciones, no de resultados. Y en cualquier caso mal pueden
medirse en un libro que manifiesta explícitamente su propósito
de no obedecer a ningún plan, de no dejarse regir por ninguna
brújula. Lo cual no impide reconocer en Negra espalda del
tiempo el mismo tema que rondan las anteriores novelas de
Marías, quien ha declarado que su libro trata, en definitiva,
«del tiempo y la pervivencia del tiempo pasado y cómo actúa
entre nosotros, y no solamente lo pasado». Obra que no
incrementa pero tampoco merma el importante crédito de su autor,
Negra espalda del tiempo ha sido leída (y bastaría con
ello para traerla a colación) bajo la extraordinaria presión de
las muchas expectativas acumuladas a su alrededor. Empezando por
las del propio Marías, que recientemente se manifestó
decepcionado por la recepción crítica de su libro. «Mi novela
no ha sido entendida», ha declarado, apuntando al hacerlo a
quienes, porque sí les gustaron, comprendieron, al parecer, las
obras anteriores.
Si bien puede que todo forme parte
de una estrategia narrativa. Pues al fin y al cabo, se trata
aquí de la historia de un prolongado malentendido, suscitado en
su momento tras la publicación de Todas las almas. Y en
la medida en que el autor proyecta dar continuidad a su libro,
sin duda le convienen elementos con que engrosarlo.
Rey de diamantes. Como los
dos títulos anteriores, también Los detectives salvajes (Anagrama),
de Roberto Bolaño, se sitúa al margen de las convenciones
comunes al género novelístico. Y no deja de resultar notable
que los tres libros reseñados hasta aquí compartan, además de
su grosor, una naturaleza eminentemente digresiva, así como una
desigual propensión a hacer intervenir al propio autor como
personaje.
La figura de Bolaño trasluce, en
efecto, tras la de Arturo Belano, uno de los personajes cuyo
rastro se persigue en Los detectives salvajes, novela que
ha obtenido el último premio Herralde y que se presenta a sí
misma como «una historia de poetas perdidos y de revistas
perdidas y de obras sobre cuya existencia nadie conocía una
palabra».
Como Marías de quien se
reconoce admirador, Bolaño convierte en sustancia
narrativa el recuento de tantos destinos sepultados por el
tiempo. Más radicalmente que Buenaventura, utiliza la novela
como forma integradora de una multitud de relatos que renuncian a
su potencial autonomía por solidaridad con el sentido que los
reúne.
Las afinidades de Bolaño, con
todo, apuntan más bien a escritores como Juan Villoro o Enrique
Vila-Matas, capaces de romper las fronteras literarias de sus
respectivos países por la vía de la excentricidad con respecto
a las tradiciones en ellos hegemónicas. Excentricidad que parece
haber encontrando en un México desquiciado (también presente,
por cierto, en la novela de Marías) un decorado idóneo en el
que manifestarse.
As de picas. Hablando de
excentricidades, hay que descender hacia el Sur para dar con el
escritor, hoy por hoy, quizá más original y chocantes, más
excitante y subversivo de la narrativa hispánica. César Aira.
Autor de culto en su país, Argentina, ha permanecido inédito en
España hasta que, a fines de 1997, Mondadori publicó Emma la
cautiva, novela a la que, pocos meses después, han seguido
las tres, muy breves, reunidas en el volumen que lleva por
título Cómo me hice monja.
También Aira toca en este
libro la cuestión de la ficcionalidad del autor en tanto
narrador, es decir, en tanto productor de ficciones, ya sean
presuntamente fabulosas o autobiográficas. Pero lo hace de
soslayo, a su modo radical e irónico, hasta el punto de
resolverse a ceder su propio nombre y apellido a sus
protagonistas con total indiferencia de cuáles sean su género o
condición. Así ocurre en el caso de Cómo me hice monja, relato
que, como pasa siempre con Aira, desmiente todas las expectativas
que el lector pueda hacerse a partir de su título mismo o de su
planteamiento inicial, para constituirse en materia de una
desconcertante y dichosa aventura literaria.
As de trébol. Como si se
tratara de cubrir intencionadamente la cuota femenina, comparece
al final el nombre de Belén Gopegui, con mucho la más joven de
los autores comentados y quien, con La conquista del aire
(Anagrama), ha escrito la única novela, entre todas las
escogidas, que se atiene de un modo estricto a las convenciones
del género. Ocurre así, significativamente, en la medida en que
se reflexiona en ella sobre un asunto de tan general conocimiento
como es la transformación de la sociedad española durante las
dos últimas décadas. El rigor del planteamiento, la cuidadosa
construcción y vigilante desarrollo de la novela, la pulida
sobriedad de su lenguaje, se constituyen en garantía de la
severidad, pero también de la solvencia y de la voluntad de
interpelación con que se plantea aquí una cuestión capital,
que la propia autora expone en los siguientes términos: «La
posibilidad de que el dinero anide hoy en la conciencia moral del
sujeto».
Gopegui ha tenido el atrevimiento
de hurgar en el rincón más disimulado de la conciencia tanto
del individuo como de la sociedad en su conjunto. Y al hacerlo,
ha acertado no por casualidad con el ángulo desde el
que mejor se contempla la España de la transición hacia esa
«democracia comercial y comunicativa», cuya consolidación
sólo ha llegado a producirse, se diría, al precio de disolver
la razón política en la razón del mercado.
Esta «historia de dinero», que es
también la historia de una amistad y de la cancelación de unos
ideales, propone una inteligente indagación de cómo ha podido
ocurrir así, al tiempo que confirma a Gopegui como uno de los
nombres más indiscutibles y prometedores de la actual narrativa
española.