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Sacar agua en pozo seco El efecto que en mi ánimo de niño producía la visión dolorosa, aunque fugaz, de estos infelices [fumadores de opio], así destrozados por su vicio, fue, a más de hondo, intenso y desconcertante. Lo mismo me sucedió en el caso de los tulisanes (ladrones) de los que se consideró preciso obtener confesiones relativas a algún grave y cruento delito que hubiesen cometido. Mi padre tenía siempre gran cuidado en conservar a toda costa en nosotros lo que él llamaba «dulce virginidad de los ojos y el oído», para mantener perenne la ingenuidad de nuestros sentimientos. Por ello tenía recomendado muy ahincadamente que tanto a mis hermanas menores como a mí se nos hurtasen estas lacras y miserias de los bajos fondos locales, que, por la índole de la autoridad que representaba mi padre, llegaban hasta nuestra residencia. Entendía él que los niños debían seguir siendo niños el mayor tiempo posible. De este modo conservarían limpio y alegre el espíritu, aunque fuera a costa de la propia experiencia. Con todo, supe encontrar una ocasión, aunque para ello tuviera que renunciar a las dulzuras de la siesta habitual. Escondido en el alto y espeso ramaje del ilang-ilang —hasta el que me llevó mi curiosidad infantil siempre despierta—, asistí a una escena que me dejó suspenso y entenebrecido el ánimo durante varios días. Fue lo que en jerga carcelaria se denomina «sacar agua del pozo». Al preso a quien había que arrancar la confesión fue menester librarlo antes del cepo individual en que yacía. Este cepo estaba formado por dos tablas sujetas de un lado por una bisagra que le daba juego y, de otro, con unos cáncamos donde iba un candado que, al cerrarse con llave, impedía que se abriesen las tablas. En cada una de éstas, sendas medias circunferencias, grandes en el centro, y otras dos más pequeñas a ambos lados. Al cerrarse las tablas quedaban las circunferencias completas. La del centro, para el cuello, y las de ambos lados, para las muñecas del detenido. Éste quedaba tendido en el suelo, boca arriba o boca abajo, según la gravedad del delito cometido. Libre ya del cepo, se le sacó al sol, bien abrigado, con una manta sobre los hombros. Con la mano derecha se le hizo sujetar el pulpejo de la oreja izquierda y el de la contraria con la mano siniestra. Una vez así, se le obligaba a flexionar continua y rápidamente, con lo que bajo el máximo calor del día un sudor copioso y constante empezó a fluir de todos los poros de su cuerpo. Mas como las flexiones no fueran todo lo rápidas que los guardianes deseaban, para hacer más eficiente el castigo el rebenque silbó en el aire y se enroscó, mordiente como una víbora, a las piernas del desgraciado. El dolor arrancó a éste un grito agudo, desgarrador, a cuyo eco me estremecí hasta el extremo de tener que sujetarme a las ramas de mi escondite, temeroso de perder el equilibrio. En aquella ocasión —única que presencié— el agua «extraída» del pozo no fue suficiente para obtener la confesión esperada. Al infeliz se le ató entonces por un pie a la cuerda de un verdadero pozo y fue introducido en éste, de modo que la cabeza la entrara en el agua hasta el cuello. Al cabo de unos segundos, al borde ya de la asfixia, se le subió hasta el brocal para reanimarle y preguntarle si deseaba o no bajar de nuevo. El enorme dramatismo de esta segunda parte fue superior a mi curiosidad y a la feble resistencia de mis nervios de niño. Horrorizado y convulso bajé de mi escondite con el espanto en los ojos y un temblor en las manos y en las piernas que me retuvo varios minutos apoyado en el corpulento tronco, hasta recuperar el ritmo de la respiración, bruscamente alterado por la impresión recibida.
Del libro inédito La vida enseña, pero duele. © Herederos de Alberto España, 2004. Prohibida la reproducción total o parcial, en cualquier formato.
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